Nadie sabe qué es la vida. Tampoco por qué empieza y por qué tiene que terminar. También es imposible conocer el motivo de la duración natural de cada vida, ni por qué hay ballenas que pueden llegar a vivir más 200 años si hay mosquitos que no llegan a la semana. Son preguntas que no tienen respuestas. Y tampoco merece la pena buscarlas, porque no las vamos a encontrar, y nuestra vida, también es limitada.
La media de edad de nuestra especie está en 72 años. Una cifra que en nuestro país asciende a 83. Pero de vez en cuando, hay historias que parecen desafiar cualquier estadística, y que nos recuerdan que la vitalidad no siempre se mide en números, sino en entusiasmo, pasión y constancia. Es el caso de Don Manuel.
A sus 104 años recién cumplidos, Manuel Álvarez Escudero, más conocido como Manuel, sigue sentado frente al tablero con la misma ilusión de siempre. Es el ajedrecista federado más longevo del mundo, y no hay quien le quite la costumbre de jugar una partida casi cada día.
"Creo que soy el más viejo que todavía juega al ajedrez. Es mi cumpleaños hoy, 104 años", me dice con una sonrisa mientras acomoda las piezas en el tablero del Club de Ajedrez Valdebernardo, en Madrid, donde los compañeros le han preparado un torneo homenaje. "Pensé que llegaría como mucho a los 80, pero me he pasado de las raya", añade entre risas.
Una vida entera entre peones y reyes
Manuel nació en 1921, cuando el ajedrez todavía se jugaba en cafés con humo y los relojes eran de cuerda. Empezó a mover fichas con 22 años. "Yo llevo ya desde los 22, 82 años jugando", dice con precisión matemática. Es decir, cuando Manuel empezó a jugar, no existía internet, ni los teléfonos móviles. Ni siquiera había terminado la Segunda Guerra Mundial. Ocho décadas después, sigue compitiendo, y, cómo no, ganando.
El pasado fin de semana, se enfrentó en su torneo homenaje a un niño de nueve años que lleva apenas nueve meses aprendiendo. Y en este caso, la experiencia de Don Manuel no falló, y ganó. "Ese niño lleva nueve meses jugando, yo 82 años", aclara Don Manuel.
"He movido el rey a un sitio que no tenía que mover y me ha ganado", confiesa el niño, Lorenzo Hurtado San José. Pero en el mismo segundo que terminó la partida, Don Manuel ya estaba enseñándole a su joven rival la forma más rápida de vencer a tu rival.

82 años jugando, miles de partidas y ninguna prisa
"Miles", responde cuando le pregunto cuántas partidas habrá jugado en su vida. Miles, sí. Y cada una le ha servido para algo más que para ganar. "Es un entretenimiento muy bueno porque hace muchas amistades. Para pensar también ayuda mucho", explica con la serenidad de quien ha aprendido que el ajedrez no solo ejercita la mente, también alarga la vida.
Su rutina es casi un ritual: por la mañana juega a la pocha, un clásico de las cartas, y por la tarde se pasa por el club a disputar alguna partida. "Practicando, pero sigo olvidando a pesar de todo", reconoce, consciente de que la memoria, como los músculos, hay que entrenarla cada día.
Cuando le pregunto qué es lo que más le gusta del ajedrez, no duda ni un segundo: "Ganar." Una palabra resume su espíritu competitivo y vital. Y sí, a sus 104 años, Manuel sigue ganando.
"Yo vi a Yuri Averbaj, el gran maestro ruso, ese se murió hace dos años, éramos tres y me he quedado yo solo", recuerda con cierta melancolía.
El secreto de su longevidad
Hay preguntas inevitables, y una de ellas es el secreto para llegar tan lejos. "¿Cuál es tu secreto para llegar a esa edad?", le pregunto. Su respuesta: "No morirse antes". Fácil y sencillo. Irónica respuesta propia de quien tiene la sabiduría de haber vivido más de un siglo. "Con eso es suficiente", afirma.
Don Manuel no se anda con recetas milagrosas. Su fórmula para la longevidad es tan simple como ingeniosa: seguir jugando, seguir riendo y no dejar que el tiempo te saque del tablero. Porque en cada movimiento de su alfil hay una historia, en cada jugada un recuerdo, y en cada sonrisa la demostración de que el ajedrez, como la vida, se gana resistiendo.


