Cada verano, con la subida de temperaturas, España vuelve a enfrentarse a la devastación de los incendios forestales. En lo que va de temporada, el fuego ya ha arrasado más de 157.000 hectáreas, el doble que el año pasado, y con focos activos todavía en Ourense, Cáceres, Zamora y Asturias.
Una recuperación lenta
La regeneración depende de múltiples factores: el tipo de vegetación, la intensidad del fuego y las condiciones meteorológicas. El suelo puede volver a ser fértil en un plazo de entre uno y cinco años. Sin embargo, la recuperación completa de un bosque puede tardar décadas, e incluso más de un siglo en algunos ecosistemas.
Un ejemplo claro está en Aragón, donde un incendio originado hace tres años durante unas labores de reforestación destruyó 14.000 hectáreas en Moros y Ateca. Hoy, apenas se han podido repoblar 200 hectáreas, apenas un 1,5% de lo perdido, gracias a la combinación de ayudas públicas y la implicación vecinal.
Ciencia y cambio climático
El gran reto actual lo marca el calentamiento global. Estudios como el publicado en Ecology Letters en 2020 revelan que antes del año 2000 el 70% de los bosques afectados lograban regenerar su especie dominante. Desde entonces, ese porcentaje ha caído al 46%. En un tercio de los casos, los árboles no volvieron a crecer. El cambio climático ha reducido drásticamente la capacidad natural de los ecosistemas para recuperarse.
Más allá de plantar árboles
Los expertos recuerdan que reforestar de inmediato no siempre es la mejor solución. Si el suelo no ha recuperado nutrientes, las nuevas especies plantadas difícilmente prosperarán. Por eso, las primeras medidas tras un incendio suelen centrarse en diques contra la erosión, depósitos de agua, refugios para el ganado y en reforzar los usos locales del terreno.
Además, la gestión forestal debe ir de la mano de políticas rurales como generar empleo, evitar el abandono de pueblos y garantizar un territorio vivo que reduzca el riesgo de grandes incendios.
Un futuro condicionado
La Ley de Montes establece que tras un incendio no se puede cambiar el uso del suelo durante al menos 30 años, lo que impide recalificaciones urbanísticas y limita el riesgo de fuegos provocados. Aun así, la magnitud de la amenaza es creciente: cada verano es más cálido, los suelos están más secos y la regeneración más complicada.

