Pobreza y exclusión social

Cáritas constata que, por primera vez en la historia, las generaciones jóvenes viven y vivirán peor que sus padres

El IX informe FOESSA muestra cómo la vivienda y el empleo precario se han convertido en los motores de la exclusión social. Y cómo la clase media se ha contraído desplazando a miles de familias hacia estratos inferiores

Belén Gómez del Pino

Madrid |

En 2024 la exclusión severa alcanza a 4,3 millones de personas
En 2024 la exclusión severa alcanza a 4,3 millones de personas | Nicola Barts//Pexel

Se precian los analistas de datos en presentar estos de forma fría y objetiva, pero la encuesta elaborada por Cáritas, sobre exclusión y desarrollo social en España, está llena de adjetivos. Palabras que definen la crudeza de una radiografía que muestra que desde 2007 la exclusión severa ha aumentado un 52% hasta afectar ahora mismo a más de 4,3 millones de personas. Exclusión severa significa estar fuera de los niveles que fija la sociedad para integrarse en ella. Y no hablamos sólo de economía, que también, sino de trabajo, de soledad, de salud, de vivienda, de educación y de igualdad social.

Explican los autores del informe que integra todos los datos recogidos, que España está atravesando un proceso inédito de fragmentación social en el que la clase media se está contrayendo desplazando a miles de familias hacia estratos inferiores. La clave está en la desigualdad: España tiene una de las tasas más altas de Europa.

Vivienda inaccesible y empleo precario, motores de la exclusión

Detrás de esta realidad hay dos desencadenantes fundamentales: la vivienda, convertida en inaccesible, y el empleo, muchas veces precario. Son los dos grandes motores de la exclusión. Lo demuestra el hecho de que el 45% de la población que vive en régimen de alquiler a precios de mercado está en riesgo de pobreza y de exclusión social. Y es la cifra más alta de Europa. Y aunque el empleo mejore en cifras globales, "ha perdido -explica Cáritas- gran parte de su capacidad protectora e integradora; la precariedad laboral se ha convertido en la nueva normalidad". De nuevo los datos son tozudos: casi la mitad de la población activa (el 47,5%) tiene un empleo precario; significa que 11,5 millones de personas trabajan sin que su salario logre sacarles de la pobreza. Más de un tercio de la población excluida trabaja.

Y si hasta hace unos años la educación secundaria, la ESO, era un elemento de protección frente a la pobreza, ya ha dejado de serlo. "El cortafuegos contra la pobreza y la exclusión -dice el informe- se ha desplazado al Bachillerato y a la FP". Otra vez un dato: si una persona no consigue completar estudios por encima de la ESO, su riesgo de caer en exclusión severa se multiplica por 2,7. Y los hijos de las personas con bajo nivel educativo tienen más del doble de caer en situaciones de pobreza.

Es un mito que los pobres vivan de las prestaciones sin buscar soluciones

En la radiografía que muestra FOESSA se aprecia también una corriente de inconformismo entre quienes están más hundidos. Tres de cada cuatro hogares en esta situación han activado estrategias de inclusión como buscar empleo, formarse, estudiar, ajustar gastos, seguir los recorridos marcados por los servicios sociales. Sin embargo chocan con barreras estructurales que les hacen arduo el camino. "Es un mito -explica Raúl Flores secretario técnico de la Fundación FOESSA y coordinador del informe- que las personas en situación de pobreza o exclusión sean pasivas o que vivan de las prestaciones sociales sin buscar soluciones. La realidad muestra que no fallan las personas, falla el sistema".

Estas situaciones tienen efectos colaterales, por ejemplo en la salud. Quienes están en peor situación viven menos años. El informe detecta, además del deterioro derivado de la malnutrición, el efecto pernicioso de las listas de espera o de la dificultad para conseguir una cita médica. En la cúspide de la pirámide el dato más grave: el 6% de las familias más vulnerables con una enfermedad grave, no recibieron atención médica alguna.

El aislamiento hace mella entre los más desfavorecidos

Otro de los efectos colaterales es el aislamiento. La soledad se ha quintuplicado en las personas en exclusión severa, pasando del 3,2% en 2018 al 16,6% en 2024. "El escudo comunitario -advierte Cáritas- se está debilitando justo donde más se necesita, en la familia, en la vecindad, en las asociaciones".

La foto fija de Cáritas muestra dos tipos de hogares como los más afectados por la pobreza. De un lado los encabezados por mujeres. Del total de hogares excluidos, casi la mitad (el 42%) son monoparentales femeninos. El aumento es de 15 puntos porcentuales desde 2007. El otro tipo de hogar es el formado por personas de origen inmigrante. Casi la mitad (el 47%) está en exclusión. Sin embargo, vistas las cifras en su global, el 69% de las personas en exclusión son españolas.

Los jóvenes acceden a su primer empleo con salarios hasta un 30% menores a las generaciones anteriores

Detrás de todos estos datos hay dos grupos perdedores. Los inmigrantes en situación administrativa irregular, donde la exclusión se dispara y los niños y adolescentes. Un tercio de toda la exclusión severa en España corresponde a menores de edad. Su tasa de pobreza se sitúa en el 29% y es la más alta de todos los grupos de edad y de las mayores de Europa. Al crecer, su situación no mejora. Acceden a su primer empleo en peores condiciones y con salarios entre un 15% y un 30% inferiores a las generaciones anteriores.

El resumen, pleno de adjetivos de Cáritas es que "vivimos en una sociedad ecológicamente vulnerable, anímicamente desasosegada y socialmente desgarrada". Esta mezcla de precariedad vital, desigualdad creciente y crisis ecológica "alimenta una sociedad del miedo que no se está traduciendo en acción colectiva transformadora sino en un repliegue individualista, en un sálvese quien pueda que resulta ineficaz y peligroso y que se traduce en una baja confianza generalizada hacia las instituciones y la propia democracia".