Fue un espectáculo en toda regla. Aunque lo ocurrido en las calles de Barcelona el pasado 8 de agosto -tampoco lo vamos a negar- tuviera algo más de ayuda y connivencia de gobierno central y Generalitat que la otra vez; cuando se ocultó hace ya ocho años en la trasera de un coche para huir a Bélgica.
El esperado líder apareció de mañana por las calles de Barcelona. Arropado por los suyos, gesto altivo, vestido con traje y corbata, flequillo intacto, algo más rollizo -los moules-frites, la carbonada flamenca y la poca agenda en Waterloo se le notaban- pero dispuesto a subirse al atril como fuera. Y lo hizo sin trabas. Ya decimos, nadie le impidió que lo hiciera.
Hoy hace un año, Puigdemont batía su récord personal de la osadía: un prófugo perseguido hacía años por la justicia española, con orden de detención en curso, paseándose entre vítores y esteladas por su querida Barcelona. Y eso que la de aquel 8 de agosto de 2024 no era una mañana cualquiera.
A pocos metros de su bien organizado escenario, otro evento que no interesaba a casi nadie: la sesión de investidura de Salvador Illa como nuevo President.
Pero estaba claro quién era el líder supremo en esos momentos: El que se subía al atril, deseaba los buenos días a todos e iniciaba un discurso a fuego lento con el que lanzó arengas sobre la legitimidad del referéndum atacando a la justicia española: “Nos siguen reprimiendo… pero hoy estoy aquí para recordarles que aún estamos aquí, porque no tenemos derecho a renunciar”.
Y de pronto, se despidió de todos y salió por detrás del escenario. Se esfumó entre la multitud y solo cuando él y su querido abogado Gonzalo Boye se supieron bien a salvo, se montó un operativo policial: la llamada “Operación Jaula”, con controles por tierra y aire e incluso drones que nadie vio volar hacia ninguna dirección concreta. Todo era poco para asegurar que después de su tocata saliera con éxito de su fuga.
Puigdemont regresó como una estrella errante, como un Houdini del Procés: apareció, habló y se evaporó. Y así dejó con la palabra en la boca al nuevo President, Salvador Illa, que si ya tenía escaso sex-appeal político, ese día le robaron el poco que le quedaba.
Porque en la calle y en los despachos importantes -sobre todo en Pedralbes y en Moncloa- no se hablaba de otra persona que no fuera él: el prestidigitador del procés. Capaz de hacer desaparecer una investidura o borrar del mapa la Sagrada Familia.
Y tras la "Operación Jaula", la operación judicial, con el juez Pablo Llarena indignado y empeñado en demostrar que hubo indicios de omisión de perseguir delitos y encubrimiento. Y los Mossos bajo sospecha: tres agentes detenidos y el caso abierto hasta hoy.
Pero la magia no existe. Ya quisiera Puigdemont. Solo son trucos que engañan nuestra imaginación. Porque el prófugo sigue siendo prófugo y nada parece que vaya a cambiar, a pesar de la Amnistía que Pedro Sánchez diseñó para él. En todo caso, ambos se necesitan así, en el alambre, interpretando una sinfonía desafinada. Puigdemont sin poder volver y Sánchez sin Presupuestos, Cada uno intentando que no caiga el otro. Solo así parecen evitar el precipicio.
