Todo empezó con una partitura. Hace unas semanas, Rosalía publicó en sus redes una hoja con notas musicales de lo que más tarde sería su nueva canción. "Rápidamente sus fans se pusieron a tocarla con instrumentos de cuerda y de viento", contaba Pepa Gea en Más de Uno Madrid. Aquella imagen fue la chispa que llevó a Irene Calderón a preguntarse: ¿quién fabrica esos instrumentos?
La respuesta la encontró en dos talleres muy distintos, pero con una pasión común: dar vida al sonido desde Madrid.
Un tablón que acaba siendo música
En el barrio de Carabanchel trabaja Jorge JEC Luthier, especializado en guitarras y bajos eléctricos. Su afición empezó muy pronto. Recuerda:
Con nueve años hice mi primera guitarra eléctrica con el mástil hecho de un trozo del marco de una puerta y el cuerpo de cartón
Con el tiempo, lo que era un hobby se convirtió en profesión. Jorge cuenta:
Compraba por internet los instrumentos estropeados y los reparaba, o lo intentaba. Luego empecé a arreglar los de mis amigos, y del amigo del amigo... hasta que dije: oye, por esto voy a empezar a cobrar
Hoy dirige un pequeño taller donde todo se hace a mano:
Es un tablón de madera, lo vas cortando, le das forma, pones el mástil, el cuerpo… todo totalmente artesanal. Haces las cavidades, los trastes, la electrónica, pintas. Todo, desde un tablón hasta un instrumento que suena
Aunque son tres personas en el taller, la estructura la hace él solo, y cada instrumento se construye a medida, según lo que pida el cliente. Aclara:
Hay quien no lo tiene muy claro y pregunta porque piensa que le va a salir muy barato, y hay quien busca algo muy concreto o una réplica de un modelo carísimo. No hablamos de imitación, sino de algo muy similar
El precio de estas guitarras personalizadas puede ir "desde los 2.500 o 3.000 euros para arriba", y cada una requiere cerca de un mes de trabajo. En su "templo de madera y cuerdas", como lo describe Irene Calderón, pueden llegar a fabricar unos cien instrumentos al mes.
Las trompetas también resucitan
A unos kilómetros de allí, en plena calle Montera, Roberto Velda trabaja entre flautas, clarinetes y saxofones. No los fabrica, pero los repara y devuelve a la vida, siguiendo la tradición familiar que empezó su padre. Recuerda:
Lo vi en mi casa desde pequeño, porque fue mi padre mi maestro. Trabajábamos en una cueva que teníamos como taller
Una de sus anécdotas más curiosas llegó con una trompeta que se negaba a sonar.
Los pistones estaban bien, las bombas de afinación también… no se veía nada. Hasta que miré por la campana y dentro había una canica. Era de un niño que la había metido ahí, y claro, no había manera de que sonara
Por su mesa han pasado instrumentos de hace más de un siglo, incluso flautas del siglo XIX. Y aunque su trabajo es técnico, lo vive con emoción:
La música al fin y al cabo nace de las personas. Si el instrumento no está bien, no puedes transmitir lo que sientes. Tener aquí uno de hace 200 años que no suena, y que salga sonando, me parece algo fantástico
