opinión

El tabú de la inmigración

Por el profesor y escritor Javier Arias Artacho

Luis Méndez

La Ribera |

Javier Arias Artacho

España ha cambiado. Europa ha cambiado. La nostálgica idea de que cualquier pasado fue mejor es estéril y absurda. La inmigración es necesaria. Sin ella, el país se detendría. Hay tanta demanda de trabajadores en el sector servicios que se me antoja inverosímil la idea de poder levantar la persiana cada mañana sin ellos. Según el Servicio Jesuita a Migrantes, en 2023 más del 18% de la población era de origen inmigrante, cifra que, desde luego, habrá ido en aumento. Entre otras cosas, porque la realidad socioeconómica y cultural de las nuevas generaciones promueve más adoptar perros, gatitos y otras especies antes que el proyecto de tener hijos.

Esta es una rápida fotografía de la realidad y es fácil suponer que, sin la nueva savia extranjera, no solo estaría comprometido el presente, sino también el futuro. Sin embargo, a veces no importa tanto la realidad de las cosas como el relato que se impone de ella. No solo en el asunto de la inmigración, sino en todo lo que concierne a la vida pública en general. En un mundo mediático y de propagandas manipuladas, el político sabe que no importa tanto cómo sea la realidad, sino cómo se la percibe y, a este respecto, hay que comenzar a atajar la percepción de la inmigración porque, por más que el gobierno mire hacia otro lado, el relato es el relato y acabará colapsando y reventando una paz social que es urgente y necesaria para un país que deberá contar con la inmigración para prosperar. No es un tema menor. Está incendiando la calle y su aumento es imparable.

La necesidad de un consenso a este respecto requiere de la participación responsable de todas las fuerzas políticas. La percepción social de invasión existe y negarla es otra necedad. Es ese relato el que gana en la calle y el que puede detonar la xenofobia. Es un discurso que hay que atajar y que no se puede ignorar. Para combatirlo es urgente crear un marco de normas claras que la sociedad reconozca y asuma, sea del partido político que sea. La visión de la izquierda y la derecha son tan complementarias como necesarias. Por un lado, esa sensibilidad solidaria hacia personas que buscan un futuro mejor y que pueden encontrar una oportunidad en Europa. Por otro, la exigencia para que se apliquen normas claras en la llegada de inmigrantes según las necesidades del país, del mismo modo que ser inflexibles con aquellos grupos que delinquen y que perjudican al colectivo inmigrante en general. No se puede acoger a todo el mundo y las fronteras requieren de unas normas claras. Esta es una realidad innegable también. El convertir a Europa en un cajón de sastre donde cabe todo el mundo se traduce en miles de indocumentados que no pueden trabajar y que acaban en un limbo legal donde el estado debe sostenerlos con precariedad, pero sin legalizarlos. Creo que lo que la ciudadanía reclama es un orden, unas fronteras con unas normas muy bien definidas que inviten al inmigrante con ofertas de trabajo regulado y oportunidades para los emprendedores. Así es como el relato de la realidad acabaría deshinchándose.

Otro melón es el cultural, el de aquella población magrebí con costumbres socio religiosas muy diferentes a las nuestras y que, lejos de intentar integrarse, se radicalizan. Tampoco es inteligente negar que los españoles los perciben con recelo porque su cultura parece someter a la mujer e impone un estilo de radicalidad religiosa que ya no comulga con nuestra sociedad. El debate que conlleva esta población no es sencillo porque ya contamos con el fracaso de integración que se ha producido en Francia durante las últimas décadas y nuestro modelo democrático no puede prohibir e imponer, sino educar y promover, y esto no será fácil. Sin embargo, no por ello no hay que abordarlo.

En definitiva, creo que no se puede esquivar la preocupación migratoria que existe en la calle. Negarla la agrava y perjudica. Ya es imposible imaginar a nuestro país sin el concurso de la inmigración, pero la sociedad reclama normas y el estado está obligado a proponerlas. Quizás la realidad no varíe demasiado, pero controlar el relato será semilla de una sociedad más unida y menos fracturada.

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