RELATO

El médico alicantino, Juan Carlos Padilla Estrada, se alza con el premio del I Certamen de Poesía y II Certamen de Relato Corto del Ateneo Cultural del COMA

'Mondrian o La vida (casi siempre) es justa' ha sido el relato elegido de entre todos los presentados. La gala de entrega del premio tendrá lugar el próximo 11 de noviembre en el salón de actos del Colegio Oficial de Médicos de Alicante

Luz Sigüenza

Alicante | 26.10.2021 17:08

Juan Carlos Padilla
Juan Carlos Padilla | Onda Cero Alicante

Es siempre necesario que confiemos en la vida. Ella no es injusta con nadie.

Silvia Schmidt

Ismael no podía dejar de contemplar aquellos rectángulos de colores, como una ventana abierta al infinito. Afuera, las nubes plomizas teñían de gris el horizonte, contrastando con el colorido del lienzo de Mondrian y contaminando quizá su ánimo. Las líneas rectas, limpias, las superficies tersas, los colores puros… algo en aquella composición le hipnotizaba, tal vez por la similitud con su cerebro poliédrico, racionalista.

El colorista Mondrian, al que los internos bautizaron desde su llegada como “el nieto” ─el cuadro que podría pintar mi nieto─, parecía observar con placidez el discurrir de la vida en aquel asilo.

─No por llamar geriátrico a este antro deja de ser un asilo.

─Lo dices como regodeándote, Juan Andrés.

─Solo constato hechos, Manuela, solo hechos.

─Pues para mí los hechos son que tenemos un plato caliente cada día. Y que nos cuidan…

─Si a como nos tratan esos buitres le llamas tú cuidarnos…

─Llamo cuidarnos a estar pendientes de nosotros, a alimentarnos y a distraernos, de vez en cuando. Pero claro, para ti todo está mal. Y ¿sabes por qué?

Manolita no le dio tiempo a responder. Y le espetó su conclusión mientras se levantaba y se alejaba de la mecedora de Juan Andrés:

─Porque eres un amargado que solo tiene ganas de morirse.

Juan Andrés quedó varado en su mecedora, como esas ballenas que boquean en las playas, desorientadas, alejadas de las profundidades donde reinaron.

A solas con sus recuerdos Juan Andrés recuperaba algo de su bonhomía, quizá al quitarse la careta de desesperanza con la que se intentaba proteger de la frustración y la soledad.

Poco tardó en aparecer Rafael. Felo no sabía que Juan Andrés le había rebautizado como “el tres piernas”, por su inseparable bastón, que cada día se hacía más insuficiente para mantenerlo erguido. Pero ni los insufribles dolores de espalda le hacían perder la sonrisa al antiguo peluquero.

─Esa arpía de Manolita… ─A Juan Andrés le gustaba rematar las discusiones con sus argumentos.─ Que está tan contenta por el nombramiento de su hijo. Y se cree que los demás tenemos que dar saltos de alegría porque ese niñato sea embajador o no sé qué cosa…

─Mediador internacional. Y uno de los encargados de negociar el conflicto de Ucrania… ¡Casi nadie al aparato!

Rafael le guiñaba el ojo a Pepa, que se acercaba tirando de su andador y con una silla plegable. Tras unos instantes de maniobras, por fin se acomodó entre los dos hombres.

─Es para estar orgullosa. Ese chico le ha salido muy bueno.

─Bah… políticos… No hay ni uno bueno. ¡Todos son unos ladrones!

Pepa se revolvió con un punto de orgullo ajeno.

─¡El de Manolita no! Es un hombre íntegro. Y muy simpático.

─¡¿Qué sabrás tú?!

Rafael acudió en ayuda de su amiga Pepa:

─Sí es majo el zagal. Yo lo conocí un domingo, y me pareció muy agradable. Y siempre ha sido muy estudioso.

─Lo que te pasa es que tienes envidia, Juan Andrés.

El anciano dobló la boca con un mohín de hastío, ése que esbozaba cuando había perdido el interés por seguir discutiendo. Sin decir nada se levantó y se alejó de sus amigos, que seguían glosando la figura del hijo de Manolita, mientras otros ancianos se iban incorporando al grupo, quizá atraídos por las historias ajenas.

Ismael, hasta entonces abstraído en la contemplación del Mondrian, pareció salir de su catarsis. Pesadamente se encaminó hacia el jardín, tras Juan Andrés.

La fuente hacía brotar cuatro chorros de agua, que al caer se deshacían con un soniquete cadencioso, casi musical. El sol parecía no querer comparecer aquella mañana

encapotada y, de vez en cuando, una ligera llovizna teñía el suelo de un punteado tenue y evanescente.

─¿Un mal día, Juan Andrés?

El anciano mantuvo su vista sobre los chorros de la fuente, sin mover un músculo.

─Uno más. Como ayer. Y como mañana.

─Quizá si compartieras las escasas alegrías que hay aquí dentro, de tanto en tanto…

─¿Alegrías? ¿Para quién? ¿Para una vieja chocha que se conforma con ver a su hijo cada tres meses y con los embustes que le cuenta ese desgraciado?

─Quizá no sean tan falsas esas historias, Juan.

─Mi nombre es Juan Andrés.

─Sí, disculpa, Juan Andrés. Pero sabes que ha aparecido en toda la prensa nacional. Ese chico es una figura.

─¡Pues me importa tres diantres! Que engatuse a quien se deje, desde luego no a mí. No a mí.

El silencio espeso parecía desplomarse como una manta sobre los dos ancianos, solo ofendido por la musiquilla acuática. La pausa prolongada permitió una profunda reflexión acerca de la influencia de las vivencias en la percepción del mundo. Que Ismael quiso compartir con su amigo.

─Nos conocemos desde hace… ¿setenta años?...

─Setenta y tres, exactamente. Desde que coincidimos en quinto de bachillerato.

─Sí… ─Ismael dejó escapar un suspiro de añoranza─ en quinto de bachillerato de los Hermanos Maristas. Anteayer…

─Anteayer, sí… ─Por un momento la máscara de piedra de Juan Andrés se resquebrajó levemente.

─Y sé muy bien cómo eres, amigo mío. Como sé que estás amargado desde la desaparición de tu hija. Has de superarlo, Juan.

─Me llamo Juan Andrés.

─Supéralo de una vez. Hace ya quince…

─Diecisiete años y cuatro meses.

─Mucho tiempo para vivir con cuentas pendientes. Acéptalo. Se marchó. Ya está. Imagina que murió.

─Pero no murió. Es sencillo. Me abandonó. Punto.

─Tú tampoco fuiste un ejemplo de padre.

La manta de silencio, teñida de hebras de remordimiento, volvió a envolver a los dos ancianos. Ante Juan Andrés compareció su juez más severo, él mismo, reprochándose años de ausencia, aquellos cariños no expresados, tantos besos inhibidos, tantas llamadas de angustia ignoradas. Y de sus ojos opacos volvieron a brotar aquellos riachuelos que iban esculpiendo un rastro en sus mejillas.

─Tengo lo que me merezco. Soy un viejo abandonado, que espera la muerte como una liberación. Nada puede haber peor para un hombre. Nada.

Ismael enmudeció, pudoroso. Demasiadas veces había intentado torcer la voluntad ennegrecida de su amigo. Demasiados argumentos, demasiados fracasos.

El sol hizo un tímido intento por asomarse entre las nubes y tiñó de dorado los arriates de flores que apenas se insinuaban ese inicio de primavera. Juan Andrés continuó su monólogo introspectivo.

─¿Sabes? Casi todas las noches sueño lo mismo: Soy un hombre joven, apuesto –el anciano esbozó una mueca amarga.─ Y mi hija apenas un bebé. Estamos ella y yo solos en el mundo, nadie existe más que nosotros. Y yo me encargo de proveernos de todo lo necesario, comida, agua, calor. Soy todo para ella. Pero en el propio sueño soy consciente de la irrealidad y me aferro a la niña, que no sé cómo, se escapa de entre mis brazos.

Ismael acercó su mano a la de su amigo, que se dejó hacer. Un flujo inaprensible se estableció entre los dos, algo excepcional, quizá influido por la música acuática, los rayos caritativos del sol o el efecto benéfico de la introspección. Hacía muchos años que Juan Andrés no abría su alma. Quizá solo lo podía hacer ante Ismael, su camarada.

─No cumplí, Ismael. Fui un mal padre. Antepuse mi felicidad a la de ella. Creí que con dinero compraba el amor de una hija. Que con cubrir sus necesidades materiales cumplía, que sus caprichos eran un salvoconducto hacia su cariño. Y me equivoqué.

─Eso nos ha pasado a todos… seguramente…

─Tuve una última oportunidad. Cuando me ofrecieron el ascenso en el banco dudé. Había de trasladarme lejos. Solo doscientos kilómetros, pensé. No es distancia. Y era cierto. La distancia la puse yo, desplazándola de mis prioridades. La olvidé. Sencillamente. La ambición la sustituyó.

La sombra de un fresno altísimo dibujó un tatuaje de piel de leopardo sobre el jardincillo del asilo. Los riachuelos de Juan Andrés rebrotaron enérgicos.

─¿Alguien le puede reprochar que abandonara a ese canalla de padre?

Ismael apretó con fuerza la mano de su amigo. Cada año, al llegar aquellas fechas escribía al apartado de correos 2002 de Madrid. Cada año con el mismo epílogo: “Tu padre te extraña. Le harías el hombre más feliz del mundo visitándole… aunque fuese solo una vez…”

Ismael aguardaba cada año respuesta. Con ilusión impropia. Respuesta que jamás llegaba.

─La vida siempre es justa, Ismael. Ya ves cómo a esa pobre desgraciada de Manolita le está compensando ahora. ¿Sabías que tuvo que limpiar casas y oficinas por las noches para pagarle los estudios de Derecho a su chico?

Ismael asentía, un punto pesaroso. Y recordaba a Benigno, un hombre de mediana edad, enfermo de síndrome de Down, a quien sus hermanos habían recluido en aquel lugar tras la muerte de sus padres. Y sonrió por un instante al verlo pasar, de la mano de Adoración, una muchacha etiquetada de “retrasada”, pero que había hallado en el muchacho la fuente de su ilusión.

Juan Andrés le leyó el pensamiento:

─A veces me dan envidia. Son felices. Y no sufren. Quizá no sean capaces de aprehender todo lo que la vida ofrece, pero al final lo que cuenta es lo que sienta éste…

Juan Andrés llevó la mano de su amigo a su pecho. Y una mirada de complicidad reunificó a los dos ancianos.

─Esta tarde hay cuchipanda. La paga Javier.

─Javi… ¿nuestro Javi?

─¡Claro! ¿No te habías enterado? Le ha tocado la lotería.

─Algo había oído, ya sabes que no me interesan mucho los chismes.

─¡Eso no es un chisme, Juan Andrés! Parece que el cielo le ha querido compensar un poquito…

─No creo yo que una amputación y una embolia cerebral que te deja en una cama para los restos se pueda compensar con el gordo de la lotería…

─No, desde luego que no… pero si puede hacer felices a sus hijos, que lo necesitan como el comer, pues quizá Javi sea un poco más feliz también…

─Sí… quizá…

De repente Juan Andrés emitió algo que podría pasar por una risilla.

─Me estoy acordando del señor Agamenón.

La sonrisilla fue contagiada a Ismael al mencionar ese nombre.

─Sí… realmente la vida a veces es justa.

─Al menos a este sinvergüenza le ha llegado el castigo aquí abajo.

─Desde luego: no debe haber tormento peor para un tipo como este que acabar sus días aquí, en el asilo que construyeron en el solar que él compró a precio de oro y que supuso su definitiva ruina. Es que la vida da muchas vueltas…

─Sí, dice Guillermo, el psiquiatra, que Agamenón padece una cosa llamada adaptación hedonista. Resulta que el tipo era un vividor de tomo y lomo, pero a medida que pasaba el tiempo se quedó sin alicientes, todo se convirtió en rutina, y se aburrió.

─¿Por eso se disparó en la cabeza?

─Por eso, porque lo perdió todo y porque iba de cocaína hasta las cejas.

─Pues la consecuencia ha sido desastrosa. Es poco más que un vegetal.

─Sí, pero un vegetal que se da cuenta de las cosas… y si no fíjate en su mirada… es espeluznante…

Las nubes se cernieron nuevamente sobre la residencia de San Carlos y una llovizna afilada comenzó a batir los jardines. Los dos ancianos desanduvieron su camino sin prisa, como inmunes al agua. Quizá su conversación fuera más eficaz que cualquier paraguas. Sus gastados ojos tardaron algo más de la cuenta en acostumbrarse a la penumbra del amplio salón. El Modrian presidía sereno la estancia. El sonido lejano de la televisión aportaba ese aire de irrealidad que a veces se suspende en el aire como una neblina dulce.

Frente al cuadro coloreado una mujer permanecía inmóvil, hipnotizada por sus líneas rectas. Estaba de espaldas, pero los dos ancianos se percataron, y sus respiraciones se suspendieron, en un instante de eternidad.

Como a cámara lenta, la mujer describió un arco amplio, encarando a los dos amigos. En su rostro se pintó una sonrisa fugaz. En sus ojos un fulgor contrito. En sus manos un deseo de cercanía. En su corazón, una hoguera revivida por mor del tiempo y la necesidad. Y unos lazos invisibles abarcaron a los actores del drama postrero.

Cuando corrió a abrazarse a su padre cayó de su bolso la última carta de Ismael, la que contenía una postdata inusual: “Tu padre se muere”.

A veces la vida es injusta, nos quita lo que tenemos...

Pero a veces la vida es muy justa y nos da lo que merecemos.

Anónimo

Mondarian
Mondarian | Onda Cero Alicante