La explicación más plausible es la confusión entre histórico y memorable. Una confusión meditada, porque cuando se nos dice que algo "es histórico" nos pone en alerta y estamos más predispuestos a escucharlo, entenderlo, y, siempre se intenta desde la política, recordado. Para entenderlo es importante comprender que hay diferentes conceptos interrelacionados pero que no son exactamente iguales: el recuerdo individual, la memoria colectiva y el hecho histórico. Y a los políticos lo que realmente les interesa es apelar a esa memoria colectiva y reconstruir nuestros recuerdos individuales. Que la gente recuerde que fueron ellos quienes hicieron algo más que hacer historia (algo que debe depender en última instancia de los historiadores). Aquí debemos entender que existen unos "marcos de la memoria" que les ayudan a alcanzar tales fines (una placa conmemorativa por ejemplo).
Los políticos no hacen pues historia por mucho que digan, sino acceder a nuestra memoria colectiva y recuerdos individuales para que cuando llegue el momento de depositar el voto les recordemos. Y si no la campaña electoral se encargará de recordarnos lo que han hecho. Lo bueno claro, porque lo malo, aunque merecería el mismo calificativo de histórico en base a los items utilizados, se promueve su olvido. La teoría política recomienda en este sentido amplificar la importancia de un hecho concreto (positivo). En definitiva, nos explica Sergio, que los políticos se empeñen en señalarnos qué merece ser recordado es una estrategia política.
Evidentemente, abusar del concepto histórico es arriesgado porque pierde efectividad. Podemos cansar a los votantes. Aunque, y Sergio es sociólogo, los políticos viven un momento dulce porque cada vez somos más "glotones". Tenemos cierta ansiedad de que nos den momentos épicos, históricos, que todo lo que pasa está cambiando Gijón o el mundo. Si queremos tener capacidad de control sobre nuestras propias ideas necesitamos recuperar sentimiento crítico.
