Y es que, las tasas de éxito de esta técnica son muy altas debido a la edad biológica del óvulo empleado, llegando a alcanzar un 99,9% tras 3 intentos. Por lo que, para perfiles de casos complejos, muchas veces esta es la alternativa más eficaz.
La fertilidad cae drásticamente una vez pasada la barrera de los 35, por lo que muchas pacientes llegan a esta técnica después de intentar durante un tiempo quedar embarazadas sin éxito, con una media de edad que supera los 40 años; en concreto alcanza los 42 años. Las candidatas
suelen ser mujeres cuya reserva ovárica es baja o de poca calidad, o que presentan alguna condición que complica que sean madres con óvulos propios.
Además de mujeres con edad avanzada, también se dan casos de pacientes con fallo ovárico prematuro o menopausia precoz, que han pasado por una cirugía ovárica o tienen una mala calidad ovocitaria de base, bien por padecer alguna enfermedad hereditaria o haberse sometido a un tratamiento de radio o quimioterapia previo. Además, este tratamiento también está especialmente indicado para mujeres que vienen de un histórico de varios intentos de FIV convencional fallidos.
El poder de la epigenética, clave para el vínculo madre-hijo
A día de hoy, existe la evidencia científica de que la epigenética, en parte, se hereda de nuestros progenitores. Pero también gran parte de ella se modula y se establece influenciada por factores ambientales durante el desarrollo y vida de cada persona, incluido el tiempo en el que un bebé se desarrolla dentro del útero de la madre.
En concreto, existe una comunicación entre el útero materno (el endometrio) y el embrión. Esta es potencialmente capaz de modular cómo se expresa su información genética, independientemente de que ese bebé provenga de un óvulo propio o donado.

