El presidente del Gobierno encara la campaña del 23J como una cruzada contra las fuerzas del mal. El primer discurso electoral del candidato tuvo lugar en un Congreso de los Diputados -ya con el cartel de “cerrado por vacaciones”- lleno de palabras interrumpidas por aplausos de los suyos, que no auguraban una campaña electoral sino una batalla política campal.
El mensaje de Pedro Sánchez advertía del ataque furibundo de una súper derecha, arropada por su división acorazada mediática, y bien alineada en formación para derogar -a su juicio- todo el legado del gobierno saliente. Seguro que nadie desea un escenario así y que Sánchez, por descontado, tiene derecho como cualquier candidato a una campaña limpia, pacífica y de respeto democrático, en la que nadie le acuse de pretender hacer trampas, pero...
Es legítimo dudar si se puede hacer semejante profecía sin pruebas que la sustente, salvo que se trate de una mera estrategia de campaña por parte del propio Sánchez.
El candidato socialista presupone sin ambages que el PP en connivencia con Vox muñen una maniobra ilegítima de asalto al poder más propia de una saga de ficción que de la vida real. Por eso la alerta antifascista que expuso en el Congreso ante los suyos sonó exagerada, mucho más que la que lanzó en su día Pablo Iglesias.
Más bien pareciera que Pedro Sánchez asume que está ante su juicio final. Y eso no impide que tenga todo el derecho a ganarlo en las urnas a pesar del otro juicio, el del pasado 28M, cuyos resultados ya le dieron una pista de la próxima sentencia electoral.
Porque ni los más acérrimos que le esperaban en esa sala del Congreso pensaban que el presidente iba a emplearse con un tono tan apocalíptico, denunciando que el enemigo político iba a querer llevárselo preso. Y todo ocurriría -decía Sánchez- cuando se desate una campaña feroz de los grandes medios de comunicación no afines al PSOE, plagada de insultos, barbaridades y descalificaciones, siguiendo la estrategia de acoso y derribo del mismísimo Donald Trump, asalto al Capitolio incluido.
Es difícil asimilar a priori la alerta de Sánchez y no verla como un desahogo. Perdió el 28M, pero en otras ocasiones pudo y podría ganar. Nadie puede quitarle eso.
A pesar de ello, Sánchez muy interesado en que parezcan el mismo partido, se curaba en salud y añadía que PP y Vox “son un tándem de derechas extremas que copian al alimón los métodos trumpistas como ha ocurrido el pasado fin de semana electoral”. Pero, que sepamos, en esas fechas no se registraron hechos violentos relevantes; no lo cuentan las noticias de ninguna corporación mediática, sea del signo que sea, más allá de algún insulto hacia su persona, tan condenable como anecdótico, acallado enseguida con aplausos a favor. Por eso, dejarse cerca de 800.000 votos, perder cuatro gobiernos autonómicos y mucho poder municipal requiere un ejercicio de reflexión y autocrítica más allá de la arenga.
Y hablando precisamente de autocrítica, Sánchez también trató de expresarla a su manera. Aunque los resultados del 28M no fueron buenos, él los asume porque fueron producto de su política de alianzas para mantener vivo el Gobierno, pero reconoce que sufrió mucho por la derrota de los suyos, porque no se lo merecen. Lo dijo casi emocionado mientras miraba a sus parlamentarios. De sus palabras, de nuevo, se desprende que la derrota sufrida por ellos, por sus candidatos del 28M, fue un castigo inmerecido e injusto. Sánchez hablaba de culpa sí, pero parecía más bien que culpaba a los votantes o a los que los inducen a no votar PSOE. Y eso no es autocrítica. Es otra cosa.

