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OPINIÓN

Monólogo de Alsina: "Rufián es un imitador que quiere ser el de la CUP de la alpargata"

Fue un mes de febrero de 2013 cuando Ada Colau, presentada entonces en los medios como activista antidesahucios, acudió como invitada a la comisión de economía del Congreso de los Diputados y, después de escuchar al representante de la banca, afirmó que se había quedado con ganas de tirarle un zapato.

 |  Madrid |  Actualizado el 06/04/2017 a las 08:16 horas

Lo de lanzar zapatos, por alguna razón, debía de estar de moda aquel año —no recuerdo por qué—. Unos meses después fue David Fernández, el diputado autonómico de la CUP que se acabaría revelando como un cálido abrazador de Artur Mas, quien esgrimió su alpargata como símbolo del hartazgo de la Gente (a la manera iraquí, dijo) mientras le preguntaba a Rodrigo Rato si sentía ya el miedo del cambio.

Hasta pronto, gánster.

No hace falta tener mucha memoria para comprender que Gabriel Rufián es un imitador. El actor que va de casting en casting esperando que le llegue la oportunidad soñada de demostrar todo el talento que atesora. El meritorio que intenta construirse una carrera pegando trozos de actuaciones que antes hicieron otros artistas que a él le entusiasmaron.

Y que su escena de ayer, el justiciero popular que arrincona a un juez que fue director de la oficina anti fraude de Cataluña, era una copia. No tiene Rufián, en ese sentido, registro dramático propio.

Rufián quiere ser el David de la alpargata;

Rufián quiere ser la CUP y quiere ser Ada Colau;

Rufián quiere ser Sant Jordi alanceando a un dragón que otros abatieron por él, un dragón al que no puede matar porque es un dragón ignífugo. Y difunto.

Los recién llegados siempre sufren la tentación de creer que nadie antes que ellos se atrevió a cruzar la línea roja. Llamarle a alguien mamporrero, lacayo, criminal en sede parlamentaria. Y algunos, como Rufián, caen en esa tentación, gozosos. La ofensa personal, como la sobreactuación hiriente, forma parte de la vida parlamentaria española desde las cortes de León. Que, como sabe Puigdemont, fueron las primeras que tuvimos en Europa.

Aristóteles, que calzó alpargatas mucho antes que Gabriel Rufián, ya sabía que la exageración forma parte del arsenal retórico del orador que aspira a ganarse al público. Pero la exageración permanente es arriesgada. Como dice Mark Thompson, el comandante en jefe del New York Times, "la exageración es una droga; proporciona un subidón instantáneo pero a la larga tiene efectos perjudiciales; si la exageración se convierte en tu rasgo más característico, los medios sólo esperarán de ti la siguiente barrabasada; un día te descubrirás representando un papel irrelevante en un culebrón político rancio porque tu capacidad de influir en asuntos importantes se habrá perdido para siempre". Fin de la cita. La sobreactuación te encasilla. Nadie llama a Joan Tardá para hacer un debate de enjundia sobre el futuro de las pensiones.

La comisión de investigación sobre la etapa Fernández Díaz en Interior demostró en su primera sesión que no va a descubrir nada porque no hay investigación alguna. Ni Rufián, con su vis dramática, ni los otros portavoces con sus preguntas ni los comparecientes con sus respuestas han tenido interés en descubrir nada. Puede que sea obligación nuestra, de los medios, dejar de llamar a las cosas por un nombre que no es el suyo. La comisión Fernández Díaz no es una investigación. No lo será la comisión Bárcenas ni la de las Cajas de Ahorro. Llamémoslas audiencias públicas. Juicios políticos.

Con Fernández Díaz, Rufián estuvo más manso que con De Alfonso. Fue el diputado debutante de Convergencia, Sergi Miquel, quien tuvo el enganchón más agrio con el ex ministro.

La comisión no es de investigación. Pero investigación sí que hace falta. En el juzgado, que es donde se hacen las investigaciones de verdad.

Naturalmente que hay que investigar:

• Quién montó, qué instrucciones dio y en qué maniobras anduvo metida la llamada policía patriótica.

• Los informes sesgados, inflados y filtrados a la prensa.

• El comisario Villarejo.

• La guerra policial, y las vendettas entre comisarios, que está detrás de las grabaciones en los despachos y su difusión a la opinión pública.

• La contaminación de sumarios con pruebas obtenidas ilegalmente. El juego sucio.

• El estado de cochambre en que ha quedado el crédito policial ante los jueces que investigan la corrupción de la corte convergente, la aristocracia política catalana.

Y de todo eso aún debe una exposición detallada, autocrítica y responsable quien ha sido responsable del ministerio del Interior hasta la llegada de Juan Ignacio Zoido.

El ex ministro Fernández Díaz. Si es que algún día se anima al examen de conciencia y el mea culpa que ayer se negó a hacer. Por su actuación, o su falta de actuación, en aquellos días en que los Villarejo, los Martín Blas y los Pino-Pino-Pino, chapoteaban .

Cuando el agua fecal desbordó las cloacas y empapó la moqueta del ministro, convertido en colector su flamante (y agujereado) despacho.