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OPINIÓN

Monólogo de Alsina: "Qué miedo tienen Colau y Carmena a coincidir con el adversario ideológico"

Va de alcaldesas. La de Barcelona y la de Madrid. La nueva política. Ada Colau, temerosa de que el independentismo la ponga en la lista de enemigos del pueblo de Cataluña. Por tibia sobre el referéndum puigdemónico. Manuela Carmena, temerosa de que no se sabe quién —los suyos, supongo, los del partido que la sostiene de alcaldesa— la pongan en la lista de peperos que recuerdan estos días a Miguel Angel Blanco.

Carlos Alsina | @carlos__alsina |  Madrid |  Actualizado el 11/07/2017 a las 08:13 horas

Qué tactico todo. Qué sí pero no, no pero sí. Qué miedo a coincidir con el adversario ideológico.

La señora Colau, que quede claro, no coincidirá nunca en nada con el PP. Es un partido inmovilista, que persigue la democracia y les niega a los catalanes su derecho a decidir, etcétera. La señora Colau prefiere mil veces coincidir con el gobierno independentista que usa el rodillo de su mayoría absoluta para atar de manos a la oposición en el Parlamento autonómico antes que estar de acuerdo en nada con el gobierno de España. Prefiere hacer pandilla con el gobierno independentista que anhela celebrar un referéndum para el que no tiene competencias, y que destina recursos públicos, a una iniciativa ilegal que decir una sola palabra que pudiera interpretarse como que está en sintonía con quienes repudian ese referéndum por romper la igualdad de derechos de los españoles.

La alcaldesa Colau, temerosa de que acabara calando la idea de que ella está en contra de ese falso referéndum, ha hecho saber que dará todas las facilidades para que se produzca y para que los ciudadanos voten. Ella misma irá a votar, como el 9-N. Sí sí a la independencia, votó entonces.

Su compromiso con el derecho a decidir es completo. Aunque ella prefiere llamarlo no referéndum sino movilización. El truco de tratarlo no como la pretensión de hacer con medios públicos un acto ilegal sino como la convocatoria de una manifestación perfectamente legal e inocua. Si no es un referéndum sino una manifestación, qué problema puede haber en que ella ceda su sede para poner las urnas como si fueran calles.

El Colau en Madrid, Domenech, dijo ayer que le parece dudosa la legalidad del referéndum. Dudosa. Oiga, Domenech, ¿la duda cuál es? Si un legislador, que lo es, en las Cortes españolas, no es capaz de tener claro si un referéndum de autodeterminación encaja en la Constitución española es que tiene un problema serio de entendimiento. Tú puedes ser Puigdemont, o Junqueras, y defender que vas a hacer un referéndum aun sabiendo que es inconstitucional. Te da igual que lo sea y p'alante. Lo que no puedes es fingir que no sabes si lo es.

Es posible que algún día la alcaldesa Colau se deje de tacticismos y responda de una vez a la pregunta: ¿pondrá urnas en el ayuntamiento de Barcelona o no? Que el referéndum es ilegal ella ya lo sabe. Que el TC lo suspenderá también lo sabe. Que el funcionario municipal que colabore podría ser encausado por ello también lo sabe. Entonces, sabiendo todo lo que hace falta saber, ¿pondrá usted misma las urnas, señora? ¿Su compromiso con el derecho a decidir incluye arriesgarse usted misma a ser inhabilitada, o hasta ahí no llega la nueva política?

La otra alcaldesa, Carmena, ha decidido quedarse a vivir en su error. El error de regatearle un cartel, ¡un cartel!, una pancarta, dicen, a Miguel Ángel Blanco.

Se equivocó la señora Carmena al resistirse a una iniciativa tan lógica, y tan limpia, como la del Movimiento contra la intolerancia, y se equivoca más al enredarse en la búsqueda de un argumento con el que justificar su miopía. Esta coartada insostenible, y ofensiva para quienes tienen estos días en su memoria a aquel pobre concejal de pueblo, de que no puede menospreciar a las demás víctimas recordando con un cartel sólo a una de ellas. Para alguien con tanta carrera pública a sus espaldas, asombra —o descoloca— tal incapacidad para entender lo que en la memoria de lo que somos representan los aniversarios. Claro que ha habido cientos de víctimas de ETA —miles, si sumamos sus familias rotas— pero de quien se cumplen veinte años es de una de ellas.

Si el problema es no discriminar con un cartel, tiene usted una solución bien fácil, alcaldesa: ponga una pancarta cada vez que se cumplan veinte años de un asesinato de ETA. Todas las víctimas iguales. Pero en el recuerdo, no en la indiferencia.

Es fácil preguntarse hoy si se habría opuesto la alcaldesa a ponerle el nombre de Ernest Lluch a una calle para no menospreciar a los demás asesinados. Si le disgusta que haya placas con el nombre de Francisco Tomás y Valiente. Si le molesta que la Audiencia Nacional haga homenajes a Carmen Tagle pero no a otros asesinados como ella. Si acaso cree la alcaldesa que los sicilianos querían menospreciar a las demás víctimas de la mafia bautizando el aeropuerto de Palermo como "Falcone Borsalino".

El argumento es ridículo. La perseverancia es absurda.

Ha explicado la alcaldesa que ella sí está a favor de hacer una declaración que repudie el asesinato de Miguel Ángel y valore la reacción ciudadana. Pues menos mal, oiga. Qué meritorio. Hacer una declaración que diga lo que se da por supuesto. No arriesgue tanto en la iniciativa, alcaldesa.

Cuando uno mete la pata lo inteligente es sacarla cuanto antes. Empecinarse en el contradiós no es signo de lucidez, sino de todo lo contrario.

Y acaba invitando a pensar, fíjese, que el problema del gobierno municipal de Madrid no es que el asesinado de hace veinte años se llamara Miguel Ángel Blanco, sino que fuera militante del PP. ¿Es ése el motivo de regatearle un cartel, alcaldesa?

Hay personas, no hace falta ocultarlo, a las que les molesta que se recuerde tanto estos días a Miguel Ángel Blanco porque era un concejal del PP. Porque tenía carné de militante. Y porque no les gustó que el PP —esto lo escuchamos ayer en Ermua varias veces— asumiera como propia aquella rebelión ciudadana —así lo ven estas personas—.

Pero a menudo olvidan un hecho que es poco discutible: es que a Miguel Ángel Blanco lo secuestraron, y lo mataron, por ser del PP. No por ser joven, o aficionado a la música, o hijo de padres gallegos. No por ser un vecino más de Ermua, uno cualquiera. Lo escogieron a él porque él tenía carné de militante del partido que gobernaba. Era un concejal desconocido, corriente, sin escolta, fácil de secuestrar. Y era del PP. Como ocurrió con otros concejales anónimos del PSE, o de la Unión del Pueblo Navarro.

Lo repito de nuevo: hubo asesinados que lo fueron por vestir un uniforme —guardias civiles, militares, policías,casas cuartel—; otros lo fueron por los cargos públicos que desempeñaban —mandos militares, delegados de gobierno, senadores, fiscales, diputados autonómicos—; y hubo asesinados que no tenían cargos relevantes, ni habían salido nunca en televisión, ni sus nombres eran conocidos. Concejales anónimos de pueblos de Euskadi y Navarra que fueron escogidos como blanco por su condición de afiliados a un partido. Aunque no tuvieran peso en el mismo. Y aunque fueran, como Miguel Ángel Blanco, vecinos que estaban de paso en la política municipal.

Ayer, en Ermua, escuchamos a muchos de sus vecinos explicando que era un chaval normal y corriente, uno de nosotros, decían, un vecino más. Lo que casi nadie dijo fue que se diferenciaba en dos cosas de la mayoría de sus vecinos: era concejal y era del PP. Y por eso le servía a ETA para lo que ETA estaba buscando. E ignorar esa circunstancia en el relato de los hechos es querer diluir quiénes eran los objetivos habituales y por qué lo eran.

Luego se encontró con la amarga sorpresa para ella, y la feliz sorpresa para el resto, de que el pueblo subrayara lo primero, que era uno de nosotros, por encima de a qué partido perteneciera. La moral y el compromiso ético por encima, naturalmente, de las siglas. Memoria histórica de una historia bien reciente.