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OPINIÓN

Monólogo de Alsina: "Ley inexorable del periodismo; la víctima va perdiendo espacio mediático en favor del homicida"

El día en el que se va a oficiar el funeral por Gabriel. En Almería.

Me van a dejar que esta mañana comparta con ustedes un par de reflexiones, o de incomodidades, en la confianza que nos da compartir usted y yo cada día estos primeros minutos de la jornada.

Carlos Alsina | @carlos__alsina |  Madrid |  Actualizado el 13/03/2018 a las 08:12 horas

Miren, en días como el de ayer hay personas, que te conocen —que tienen tu número, o tu correo, o te siguen en twitter— y te hacen llegar preguntas. Para las que descubres que no tienes respuesta.

Digo "en días como el de ayer" porque ayer a ustedes, y a mí, creo que nos sobrecogió el mensaje de Patricia Ramírez, la madre de Gabriel. Yo no esperaba, claro, que ella se pusiera en contacto con nosotros para hablar de la muerte de su hijo. Nunca hemos intentado entrevistar a Patricia en este programa. Lo que sí sabía ella, desde hace días, es que tenía este micrófono (como el de otros programas de otras cadenas) a su disposición en el caso de que alguna vez tuviera la necesidad —o sintiera la necesidad— de comunicar algo a quienes nos escuchan. O sea, a ustedes. Yo no esperaba que fuera ayer, una vez que la desaparición de su niño había quedado fatalmente resuelta, cuando Patricia sintiera esa necesidad de decir algo.

E imagino que a ustedes, como a mi, no sólo les impresionó escucharla sino que les impresionó lo que dijo y cómo lo dijo. La gratitud a quienes ayudaron, a quienes enviaron su aliento, el llamamiento para que no se caiga en el odio, en la rabia, en los malos sentimientos ("que queden las buenas personas y las buenas acciones"), y la petición a todos —incluidos nosotros, los medios— para que no hablemos tanto de esta mujer, de la homicida. No porque Patricia sienta la menor simpatía por la señora que ha estrangulado a su hijo (obviamente), sino porque esa mujer no merece que se esté más pendiente de ella que del daño irreparable que ha causado.

Ésta es la ley inexorable —o eso parece— del periodismo: que la víctima va perdiendo su espacio en los programas de la radio y la televisión porque todo lo va ocupando la homicida.

A lo largo del día de ayer yo recibí, entre otras, estas preguntas:

• Por qué —me dijo alguien— este mensaje de Patricia, tan impresionante, acabó ocupando menos espacio en los medios, infinitamente menos, que cualquier detalle confirmado o no de la vida anterior de la detenida. Por qué lo de Patricia se despachó en medio minuto y lo de Ana Julia duró horas y horas y horas. Sospecho que porque su mensaje es poco compatible con la reiteración sin fin, en los medios, de las circunstancias de la homicida.

• Me han preguntado: si el trabajo periodístico de estas dos semanas ha sido tan irreprochable, tan sufrido y tan meritorio, por qué se han difundido como si fueran claves elementos que luego se han demostrado irrelevantes. El testigo fiable que había visto al hermano del acosador metiendo un pico y una pala en el coche. Y que resulta que era una vecina contra la que éste hombre ahora se va a querellar. El Mundo, que abrió ayer a toda página diciendo que la asesina no actuó sola y que hoy ha desterrado esa tesis de sus páginas.

• Me han preguntado: estos expertos que aparecen en las televisiones proclamando diagnósticos clínicos sobre el estado mental de la homicida, ¿cuándo la han examinado? Concluyen que es ególatra, que es envidiosa, que es psicópata. No han hablado jamás con ella, no la han tenido delante, sólo la han visto en televisión, en fragmentos de vídeo, saben de ella lo mismo que cualquier espectador ¿y son capaces de hacer estas afirmaciones tan categóricas? Me han preguntado si eso es ciencia. O si sólo son minutos —rellenando minutos— de radio y de televisión.

A un niño de ocho años se le escuchó decir una vez que ojalá la novia de su padre no vuelva de Santo Domingo. Me preguntan si eso es prueba suficiente para afirmar que la convivencia en esa casa era muy mala. Incluso para reprocharle al padre —también se ha oído— que se desentendiera del hijo dejándolo en manos de una mujer a la que éste temía. ¿A esto le llaman tener una opinión sobre un caso criminal? Una opinión, ¿sobre qué, exactamente? ¿Sobre un padre del que Patricia ya ha dicho que es el mejor que nunca pudo tener su hijo?

• Me han preguntado por qué hay gente empeñada en cargarle este crimen a las feministas, gente empeñada en cargárselo a los negros, gente empeñada en que se desprecia más a una asesina que a un asesino y más aún si es negra en lugar de blanca. ¿Por qué hay tanta gente obsesionada por sus temas de cabecera que todo lo que suceda quieren meterlo con calzador en la plantilla para que encaje en su prédica?

Hay días en que te hacen preguntas para las que no tienes respuesta.

O sí que las tienes.

La respuesta, a menudo, consiste en hacer otra pregunta. Se pone uno delante del espejo y le pregunta a esa persona que tiene delante: a ti, ¿qué le interesó más ayer? Patricia y su llamamiento o todo lo que vino después.

Como ocurrió con Diana Quer, el desenlace fatal del caso de Gabriel coincide con el debate parlamentario sobre la prisión permanente revisable. Y como ocurrió cuando se encontró el cadáver de Diana, el clima social (y emocional del país) convierte en un desafío pronunciarse en contra de la pena indefinida.

En favor del PSOE hay que decir que está haciendo un ejercicio de coherencia. Si hace tres años, siendo el principal grupo de la oposición, llevó la prisión permanente al Constitucional porque entendía que no encajaba en nuestro ordenamiento, tres años después lo coherente es mantener esa misma postura. Aunque haya habido crímenes tan horrendos como el de Diana y el de Gabriel.

El PSOE —lo sabe— va contracorriente en este asunto. Contra la opinión mayoritaria que reflejan las encuestas y que es favorable a esta pena indefinida. No es frecuente que un partido elija, conociendo eso, persuadir a la sociedad de que existiendo una pena máxima de cuarenta años esta suerte de cadena perpetua no evitará que haya otros crímenes horrendos ni castigará más eficazmente a los criminales.

Ha elegido el camino difícil el PSOE. Pero es el resultado de la posición que siempre ha mantenido este partido respecto de para qué debe servir, y para qué no, la pena de prisión. La posición que dice que el objetivo último de rehabilitar al condenado pierde su sentido si éste se pudre en la cárcel.

Anoche el responsable de Justicia del PSOE, Andrés Perelló, demostró en La Brújula que los argumentos los defiende con solvencia. Y con pasión.

Menos hábil se mostró en el manejo del tono. Poco acorde con un día de consternación general por el asesinato de un niño.

Un poco de mesura en el tono también ayuda a serenar el debate. Y no parece justo achacarle a todo el que ha manifestado estos días su dolor por el caso Gabriel un afán por apropiarse de lo que no es suyo.

El desgarro, el dolor más hondo, el duelo más sentido es, naturalmente, el de los padres. Pero eso no significa que otros muchos ciudadanos, aunque no hayan tratado nunca al niño, puedan dolerse muy sinceramente por su desaparición. Entre ellos, el secretario general del Partido Socialista,Pedro Sánchez, que el domingo manifestó su dolor por la pérdida del crío.

La vehemencia en los argumentos no está reñida con la empatía. Se puede criticar la prisión permanente revisable sin caer en el desdén a quienes piensan, sienten o actúan, de una forma distinta.