Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar, recoger datos estadísticos y mostrarle publicidad relevante. Si continúa navegando, está aceptando su uso. Puede obtener más información o cambiar la configuración en política de cookies.

Disfruta de la app de Onda Cero en tu móvil.

OPINIÓN

Monólogo de Alsina: "Hollande sonó a Bush tras los atentados del 11-S"

Hoy será Wembley, el nuevo Wembley en el que disputa sus partidos la selección inglesa. Wembley a las ocho y media de la tarde. El amistoso que enfrenta al equipo local con la selección nacional francesa y que va a jugarse para transmitir este mensaje de que, pese a la situación excepcional en que estamos, se sigue haciendo vida normal. En las terrazas de París y en los estadios de fútbol.

Carlos Alsina |  Madrid |  Actualizado el 14/07/2016 a las 00:20 horas

Formarán los aficionados la bandera francesa con sus tarjetas de colores en la grada y se proyectará la letra de la marsellesa en las pantallas gigantes para que todo el mundo pueda cantarla. Entre los cientos de miles de personas que allí, y fuera de allí, cantarán a pleno pulmón el himno de su nación estará Walter, este joven francés al que escuchamos emocionado en este programa.

Sonará el himno como nunca antes haya sonado en Wembley. Al primer ministro británico, Cameron, le preguntaron en una entrevista de radio si él llevaría a sus hijos al estadio, después de lo que pasó el viernes en París, en el estadio de Francia. Y dijo que sí, que es importante seguir con nuestras vidas. Aun sabiendo que hay británicos yihadistas entrenándose en Siria para regresar al país a intentar hacer daño. Siete planes terroristas abortó la inteligencia británica en los últimos seis meses, desveló ayer el primer minstro. Que persevera en su empeño de sacar adelante en el Parlamento el visto bueno para bombardear los campos de entrenamiento de Estado Islámico en Siria.

Cameron quiere dar ese paso. Francois Hollande lo dio en septiembre. Y dijo —-127 asesinados en suelo francés después—- que la operación militar irá a más. Estamos en una nueva era y en una nueva forma de hacer la guerra. Por eso plantea Holande, este presidente gris e impopular colocado por el destino en circunstancias históricas, modificar la Constitución de la República para aumentar la facultad del gobierno para adoptar medidas excepcionales. Falta conocer en qué quedará la letra de esas reformas legales. Hollande, es verdad, sonó a George Bush tras los atentados del 11-S. Pero aún no ha concretado una Patriot Act, la Ley Patriótica que incrementó los recursos del gobierno norteamericano y las medidas de vigilancia a los propios ciudadanos.

Francia, en realidad, ya modificó sus leyes para combatir el terrorismo islamista a raíz del 11-S. La Francia que luego se opondría a la guerra de Iraq estuvo con Estados Unidos, como tantos otros países, en la guerra contra los talibanes que se negaron a entregar a Bin Laden.

Ahora que es Francia, Hollande, quien habla de guerra la pregunta que se resisten a responder los demás gobiernos europeos es hasta dónde llegará la solidaridad en caso de que esta lucha acabe convirtiéndose en una guerra convencional contra Estado Islámico. Con tropas en tierra y estados combatiendo a otro estado. David del Cura le planteó la pregunta al ministro del Interior Fernández Díaz. Horas antes el presidente del gobierno, la vicepresidenta y el ministro de Exteriores habían dicho que este asunto hay que estudiarlo bien antes de pronunciarse. Sólo Morenés mencionó ya estamos haciendo bastante en la formación de militares en Iraq.

El gobierno de España se reserva su postura. Tampoco cabe engañarse. Esta idea de que el Daesh es una organización terrorista a la que se combate con ley, policía e inteligencia está en nuestra perspectiva europea del asunto. Para el estado sirio y para el estado iraquí —-estas dos naciones en cuyo territorio ha arraigado y crecido la mala hierba—, hace tiempo que ésta es una guerra convencional. De dos estados, el sirio y el iraquí, contra una máquina organizada que funciona como un ejército. Bien lo saben los iraquíes en Mosul: allí Estado Islámico no son tres comandos de terroristas que salen a matar gente, es una legión de activistas militarizados que operan como una fuerza armada.

Para nosotros, en Europa, sigue siendo una banda criminal. Que sabemos que tiene centros de entrenamiento y almacenes de armas —-lo sabemos porque son objetivos militares de la coalición a la que pertenecemos—- y que sabemos que tiene una fuente de ingresos apabullante fruto de la venta de petróleo. Pero seguimos diciendo —quizá para no aumentar nuestra propia inquietud— que no son un estado, aunque se hagan llamar así. Se esfuerzan, de hecho, los gobiernos en que los medios digamos Daesh en lugar de Estado Islámico. Para subrayar la idea de que no es un país con estructuras de país, aunque cada vez lo parezca más.

Los extremistas éstos de Al Bagdadhi se aprovechan también de ello. Saben que en la sociedad europea está interiorizada la idea de que al terrorismo no se le combate con los ejércitos. Que las fuerzas armadas están para defenderse de la agresión de otra nación.

Si viéramos al Daesh como una nación que nos ha declarado la guerra habría seguramente menos debates. Si fuera un estado extranjero el que hubiera enviado a ocho de sus funcionarios a acribillar a tiros a ciudadanos franceses un viernes por la noche, en la calle, en los bares, en una sala de conciertos, si fuera un estado el que hubiera hecho explotar bombas humanas junto al estadio de fútbol en el que estaba el presidente de la república, habría pocas dudas de que el ataque equivalía a una declaración de guerra. Y como tal guerra, entre estados, sería vista y sería librada.

Eso fue lo que sucedió en Afganistán. El precedente es Afganistán, no Iraq, que fue otra cosa. La guerra contra el yihadismo de Al Qaeda encarnado en la nación que gobernaba el talibán fue, o es, Afganistán. Una guerra que, catorce años después (justo eso es lo que disuade de repetirla), nadie ha ganado. Fue descabezada Al Qaeda, el inquilino, pero permanecen ahí, combatiendo, los talibanes. Permanecieron porque por su número, por el conocimiento de su tierra y por su experiencia en el combate militar —y sobre todo, por la base social que los respalda—- resultaron ser un enemigo indoblegable.

Y el Daesh es eso: el régimen talibán y Al Qaeda, ambas cosas al mismo tiempo. Por eso el discurso de Hollande tiene la misma música que el que hicieron todos los gobiernos, incluido el nuestro, cuando se desplomaron, derribadas, las Torres Gemelas.