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OPINIÓN

Monólogo de Alsina: "El Govern no sólo está preocupado, está enfermo de vértigo"

6 de octubre de 83 años después. 83 años han pasado. A esta hora de este día de 1934, que era sábado, el movimiento en la sede de la Generalitat era inusitado.

Carlos Alsina | @carlos__alsina |  Madrid |  Actualizado el 06/10/2017 a las 13:32 horas

Personas desconocidas entraban y salían del Palau como si acudieran en busca de instrucciones. "Efervescencia" fue el término que utilizó La Vanguardia Española.

Al calor de la huelga revolucionaria declarada en toda España, y con el gobierno de la nación aparentemente desbordado, el consejero de Gobernación catalán, señor Dencás —el Turull de la época— se dirigió por radio a la población para anunciar que las fuerzas adictas al procés —perdón, a la Generalidad— ocuparían la vía pública y tomarían el control de las calles.

A las siete y media de la tarde, el presidente Companys, flanqueado por los dirigentes de las entidades soberanistas —perdón, de las agrupaciones del Estat Catalá— apareció en el balcón y fue aplaudido por una población entusiasta. "Catalanes", dijo Companys, "las fuerzas fascistas dominan el gobierno de España. El consejo de la Generalitat rompe, desde este momento, toda relación con las instituciones españolas que nos parecen falsas. Proclamamos el Estado Catalán en la República Federal Española".

Según La Vanguardia, la intención inicial de Companys era haber declarado, en realidad, la República catalana. El gobierno republicano, como sabemos, declaró el estado de guerra y ordenó al general Batet que sofocara la insurrección enfrentándose, si fuera necesario, con los Mossos d'Esquadra. Al amanecer del domingo, viendo la situación perdida, el gobierno de la Generalitat volvió al balcón para izar la bandera blanca. Turull —perdón, Dencás— huyó por el alcantarillado. El resto de consejo fue detenido. En el barco prisión Uruguay llegaron a estar encarceladas tres mil personas.

En su edición del martes, 9 de octubre, La Vanguardia editorializaba: "Si no fuera", decía, "por la piedad debida a los vencidos, no habría palabras para calificar la abominación cometida por el gobierno de la Generalitat. Ver a un gobierno organizando primero un paro general y convertirlo en la intentona de subversión sin pies ni cabeza y en colaboración con toda clase de enemigos del orden. No hay justificación posible como no sea la de la más auténtica locura. No había necesidad alguna de que el gobierno autonómico se alzase en armas. Ante su incapacidad monstruosa, a estos hombres habrá que gritarles: ¿Qué hicistéis con nuestra autonomía? Los ideales catalanes sufren ahora en toda España, y entre los propios catalanes, una depreciación irreparable. Éste es el desastroso epílogo de un proceso de descomposición política en el que los aventureros han arrinconado a las personas responsables y los dementes a los cuerdos. Dijimos que esto acabaría mal. Mal ha acabado. Al menos habríamos de jurarnos que no volverá a ocurrir esto nunca más. ¿De qué puede servir esta amarga, esta insoportable, esta humillante situación si no es de escarmiento para el futuro?"

Octubre de hace ochenta y tres años.

La España de 2017 se parece poco —bueno, se parece en nada— a la del año 34. Pero hay algo que sí puede acabar siendo igual: un gobierno autonómico, en su enorme irresponsabilidad, puso en riesgo el autogobierno de Cataluña, actuó temerariamente, perdió, y provocó, con su frivolidad, un daño profundo al autogobierno y al crédito y la confianza en las instituciones catalanas.

Estos son los éxitos acumulados por el procés, en esta víspera de fin de semana en que sus próceres coquetean ya con la declaración de independencia.

• La división social, el clima enrarecido, envenenado, ha alcanzado un grado asfixiante.

• Los bancos se llevan a otra comunidad autónoma su sede.

• Las reservas de hotel descienden.

• Las compañías aéreas ofrecen cambios de billete a sus clientes por si prefieren o desplazarse estos días a Cataluña.

• Los datos confidenciales de cinco millones de catalanes han quedado expuestos por la negligencia y oportunismo de los gobernantes autonómicos.

• Los gobiernos europeos han cerrado filas con el gobierno de España instando a Puigdemont a que vuelva a la legalidad y cese en la embestida.

• Ni una sola organización internacional de peso se ha ofrecido a reconocer efecto alguno a la declaración de independencia.

• Ni siquiera sus promotores se creen que esa declaración vaya a tener como consecuencia la independencia efectiva ni nada remotamente parecido.

No hay mediación del Vaticano. Ni la va a haber. Desde luego, no en la línea que desearía el santurrón Junqueras y su prole de monaguillos. El Papa Francisco se ha metido a rezar en la cripta de San Pedro y no se espera que asome por aquí la mitra. Ni siquiera el solideo.

• Y el control de las movilizaciones lo ha perdido el gobierno autonómico y está en manos de dos señores que dirigen dos asociaciones y a los que a nadie ha votado nunca.

Parafraseando a Van Gaal: "Todo negativo, nada positivo".

Ésta es la situación.

Lo sabe Puigdemont. Y lo sabe Junqueras. Un insólito consejero de Economía que sostiene que da lo mismo que el Sabadell se lleve su sede social a Alicante y que la Caixa vaya a trasladarse a Baleares aprovechando el paraguas que hoy abrirá el gobierno con un cambio normativo que permite que una decisión como ésta la tome el consejo. Otras compañías que han sido desde su fundación orgullo de la sociedad catalana preparan también la mudanza. Junqueras puede predicar cuanto quiera que no le produce preocupación alguna, pero está mintiendo.

El gobierno autonómico no sólo está preocupado. Está enfermo de vértigo.

También aquellos que le dieron hilo a la cometa, qué moderno y democrático era el monstruo, qué combativo con el gobierno del PP —no pares, sigue, sigue— y ahora empiezan a temer que ellos mismos se vayan por el sumidero.

¡Paren la declaración de independencia!, vocean ahora.

¡Suspéndanla, suspendan!

La señora Forcadell puede, como Junqueras, fingir que carece de relevancia que el Constiticional le haya suspendido el pleno del lunes. El gol que le ha marcado el PSC al rodillo autoritario del Junts pel Sí y la CUP. Pero lo que hace tiempo que carece de relevancia es lo que diga esta señora. Responsable, como los demás, de que el autogobierno en Cataluña esté en riesgo.

A la lista de enemigos de Cataluña que llevan años confeccionando los Forcadell, los Cuixart, los Jordi Sánchez, están teniendo que añadir tantos nombres, y tantas marcas, catalanísimos y catalanísimas, que la propaganda se resiente. Se resquebraja el Ministerio de la Verdad.

Si Puigdemont aún pisara la tierra, y si aún mantuviera el control del movimiento nacional, debería agradecerle al Constitucional que le haya lanzado un tablón al que poder agarrarse en medio del naufragio. Agárrase al tablón y justifíquese para aparcar su declaración de independencia.

Si Cataluña entra en una fase oscura (o aún más oscura) de su historia —como decía ayer La Vanguardia, tan voluble en estos últimos cinco años— los responsables no serán sólo quienes han liderado el proceso de ruptura. Lo serán también (lo son ya) quienes se han sumado a la causa con entusiasmo, con tanto entusiasmo como sectarismo y frivolidad.

Y lo serán también, en fin, todos aquellos que han dado impulso al franskenstein que ha manejado el Parlamento autonómico estos dos años como si fuera su cortijo, o su masía. El frankenstein que forman la derecha menguante y corrupta, la izquierda separatista de sotana y sacristía, y la extrema izquierda antisistema, bolivariana y subversiva. Éste es el sindiós que han cebado con sus votos cientos de miles de catalanes.

Rajoy insiste en el discurso. "Evitar males mayores".

El gobierno repite a quien pregunta que tiene un plan y que es un plan contundente.

Pero el presidente sabe que se ha extendido la duda. Que a estas alturas ya es hecho asumido incluso en Moncloa que la gestión del domingo pasado, el tongo puigdemoníaco, no salió nada bien.

Rajoy, en la defensa de sí mismo. Como en los años de la recesión. Como en el congreso de Valencia de 2008.

Consciente el presidente de que el malestar en algunos sectores sociales aumenta. Con Albert Rivera, Aznar, Felipe, Guerra pidiendo que se active ya el 155.