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OPINIÓN

Monólogo de Alsina: "Y Draghi se hizo un Sharapova"

Mario Draghi no gime, no jadea, no corre, pero subió a la red a hacerse un Sharapova. No porque le devolviera el golpe a nadie, sino porque le metió al partido un chute de Meldonium que haría palidecer al mismísimo Ben Bernanke. Si el señor Draghi el conde Draco— se tomara un poco menos en serio a sí mismo habría comparecido ante la prensa con cara de yo, pecador para decir, en cuatro palabras, “confieso que he dopado”.

Carlos Alsina |  Madrid |  Actualizado el 13/07/2016 a las 23:38 horas

La última vez que el Banco Central Europeo y su gobernator— bajó los tipos de interés (hace tres meses) nos explicó a todos que estaban ya tan bajos tan bajos que, en la práctica, era como si no estuvieran. Un 0.05 % de interés, no cabía más ganga. ¿Bajarlos de nuevo?, le preguntaron. Hombre, cinco centésimas no dejan ya mucho margen. Ayer volaron por los aires esas cinco centésimas. El precio oficial del dinero en la zona euro pasa a ser del cero patatero. No es sólo que los bancos puedan retirar de la barra del Banco Central dinero prestado sin ningún interés, es que la próxima estación se llama tipos negativos, que en lugar de cobrarles por el préstamo les paguen para que se lo lleven. Y ni así me lo quitan de las manos. Ahora ya presta gratis y sube el precio del almacenaje: por guardar capital en el Banco Central Europeo no sólo no remunera a los bancos sino que les hace pagar peaje.

Imagínese que yo soy su banco y hago con usted lo mismo. ¿Quiere depositar aquí sus ahorros? No espere que le pague un interés, al contrario, por guardar aquí su dinero yo le cobro. ¿Quiere pedirme un préstamo para comprarse cosas? Adelante: no sólo no le cobro intereses, yo se los pago. Por llevarse el dinero para animar el consumo. ¿Es el mundo al revés? Pues vamos camino de ello.

Más crédito disponible, hipotecas abaratadas, el euribor en negativo, el euro más blandito para que cueste menos exportar. ¿Qué es lo primero que uno piensa? Que bendita sea Sharapova, o sea, Draghi. Dinero barato, ole, ole. Es el segundo pensamiento, un poco menos intuitivo, el que enfría la fiesta. Cuando las cosas van de cine no hace falta tomar tantas medidas. Cuando la película es buena, no es necesario regalar entradas. Si Draco le ha metido al sistema todos los estimulantes que tenía a mano, es que esto está peor de lo que nos contaban. Que ha habido que pegarle otro meneo a la situación para intentar sacar del empantanamiento la economía europea. Y que si la última vez parecía imposible que el arsenal no tuviera efecto y apenas lo tuvo, nadie asegura que este chute de marzo resulte ser el bueno. No existe el control antidopaje en la política monetaria. Si lo hubiera, Draghi habría roto todas las marcas.

Hubo un tiempo en que el debate político en España tenía a Mario Draghi, al BCE, a los eurobonos y al pecado original del euro como argumentos recurrentes. Eran otros tiempos, claro, cuando el gobierno culpaba a Bruselas de la política económica de achique y Bruselas le cargaba el muerto a Alemania. Cuando la oposición prendía hogueras para quemar a Angela Merkel y la nueva izquierda populista llamaba a la sublevación contra la cesión de soberanía. Tiempos distintos a estos de ahora en que ya nadie dice que la política económica nos la estén imponiendo otros —-de hecho, cada partido se declara competente para aplicar sus propias recetas—, en que le han borrado, en las viñetas, el bigotito hitleriano a la señora Merkel y en que terminó por llevarse el viento el estribillo aquel de que Alemania, por tercera vez en un siglo, buscaba anexionarse Europa no con tanques sino con bonos a diez años. Aquellos tiempos.

La España autónoma, emancipada, que hoy asiste entre escéptica y aburrida a este baile de estatuas que es la negociación para formar gobierno. Hasta hoy sólo dos partidos han alcanzado un pacto, PSOE-Ciudadanos, pero incluso ese acuerdo se resiente de la discrepancia entre ambas partes sobre quién debería ser el candidato a una investidura. Los socialistas subrayan que es sólo Sánchez quien aparece como tal candidato en el papel pactado; Ciudadanos opina que Sánchez era, o fue, en efecto, el candidato, pero que, fallida su investidura, hay que esperar a que el rey proponga nuevo aspirante. Rizando el rizo del contorsionismo político, el PSOE pacta con Ciudadanos la supresión de las Diputaciones provinciales y, a la vez, pacta con el PP —-¡un pacto con el PP, línea roja!— el mantenimiento de esas mismas diputaciones en Andalucía. La gran coalición es imposible para gobernar el país pero acaba de nacer para salvar las diputaciones. Y hay más, en el baile de máscaras: Ciudadanos, el partido ariete antidiputaciones, se ha sumado en Soria a la campaña por su supervivencia. El líder naranja-soriano, José Antonio de Miguel, las considera estructura territorial básica del estado. Para que luego presuma Albert Rivera de que su partido tiene el mismo discurso en toda España. En esto, va a ser que no.

La encuesta de El Periódico sostiene que, de repetirse las elecciones, sería Ciudadanos quien más subiera: de los 40 escaños que hoy tiene se pondría en sesenta. A costa del PP, que perdería 15. Podemos pierde fuelle en favor de IU y el PSOE ni siente ni padece. Bien es verdad que a Ciudadanos ya le daban sesenta las encuestas antes del veinte de diciembre (hasta ochenta algunas) y luego pasó lo que pasó, que se quedó a medias la naranja.