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OPINIÓN

Monólogo de Alsina: "De unas elecciones catalanas puede salir un procés cronificado o su muerte lenta por abatimiento"

Hemos amanecido hoy con la vista puesta en Pontevedra y anhelando lluvia. Agua para parar el infierno que han causado los más de ochenta fuegos distintos que se han declarado durante el fin de semana. Tres personas fallecidas, cincuenta kilómetros cuadrados de terreno abrasado, casas quemadas y horas extenuantes para miles de vecinos que han estado acarreando cubos de agua con sus manos.

Carlos Alsina | @carlos__alsina |  Madrid |  Actualizado el 16/10/2017 a las 08:14 horas

Galicia, en primer plano. Galicia, atacada por los pirómanos.

Llegados al tercer lunes de octubre —-Cataluña ES la incertidumbre— la Moncloa espera para esta mañana la respuesta. Vence el primer plazo que se le dio, por burofax, a Puigdemont para que cumpla sus obligaciones constitucionales y regrese a la legalidad democrática.

Antes de las diez de la mañana tiene que responder si declaró o no la independencia. El gobierno le advirtió que sólo vale un sí o un no, pero nadie espera que sea eso lo que haga. Lo que se espera es una parrafada tan interpretable como su discurso del Parlament hace una semana. O aún más oscuro. Lo que se espera es que le corresponda al gobierno, ahora ya sí de forma categórica, interpretar él si existe tal declaración y actuar en consecuencia. Suelte Puigdemont la perorata que le suelte a Soraya.

Esta mañana entra en vigor la Ley de Claridad, no la canadiense sino la española.

Si el jueves el gobierno catalán no ha regresado a la legalidad democrática, el gobierno acudirá al Senado a solicitar la asunción de algunas de las competencias que hoy corresponden aún a la administración autonómica. Mando de los Mossos de esquadra y convocatoria de elecciones autonómicas.

Carles Puigdemont llega así al final del camino que inició, gracias al dedazo de Artur Mas, hace dos años. Se le acaba a él, y a sus consejeros de Convergencia y Esquerra, la rentable falsedad que su gobierno ha practicado todo este tiempo.

Persuadió a dos millones de catalanes de que estaba en su mano separar Cataluña de España, porque él lo vale, y de que sería capaz de hacerlo de manera lúdica, festiva y sonriendo mientras el resto del mundo se rendía a su simpatía, mientras los gobiernos de fuera reconocían la nueva república soberana, mientras Europa le abría sus puertas como nuevo miembro (qué bien que seamos ya 29), mientras los bancos colgaban de sus fachadas la estelada, la prosperidad se extendía hasta el último rincón de Cataluña y España, la anticuada España, la rancia España donde pervive el franquismo y gobierna la derecha, se retiraba a llorar su fracaso, humillada, derrotada y hundida.

Convencer a media Cataluña de que todo eso era lo que iba a suceder le coloca ahora —a él y a todos los que lideraron el proceso— en la imposible situación de admitir la realidad —ni sonrisas, ni reconocimiento exterior, ni Europa, ni bancos, ni nada— manteniendo a la vez que aún está en su mano alcanzar los últimos objetivos. Que aún es suya la iniciativa. Que aún es compatible el tembleque que le ha entrado al PDeCAT con la urgencia de la CUP para que salte ya al precipicio forzando la voladura del autogobierno.

Una cosa y su contraria. La declaración y la no declaración. La república y el aquí aún no ha pasado nada.

Pero sí que ha pasado

Ha pasado, Puigdemont, que la tripulación ha quebrado, que medio barco se te rebela, que la vía de agua amenaza naufragio y que no se atisba tierra por ningún sitio. Y Puigdemont no es Colón. A este almirantito de Girona se le han abierto las costuras y ha quedado patente su falta de aptitud y de talento.

Incluso para él ya es evidente que la única salida sosegada es convocar elecciones autonómicas. Como Artur Mas en 2015. Póngales el apellido que usted quiera. Los catalanes, a votar de verdad. Un tiro al aire. De esas urnas puede salir un procés cronificado, a perpetuidad, con nueva mayoría independentista, o puede salir el desinflamiento: la muerte lenta del proceso por abatimiento.

Artur Mas, el estratega, receta dar un paso atrás pero sin que lo parezca.

Junqueras habla menos que nunca y dice que sí pero que no, que la DUI, la DUI, pero sólo si la unidad del rodillo independentista se preserva.

• La CUP se desespera.

• Y los Jordis empiezan a temer que el peso decisivo que han tenido hasta ahora empiecen a dejar de tenerlo.

Para tomarle la temperatura al procés no hay como leer cada día a los cronistas de cabecera. Aquellos que daban lecciones magistrales sobre cómo había que interpretar la complejísima realidad catalana y que ahora parecen bastante perdidos ellos.

• Festejaron la asamblea de electos que montó Podemos en Zaragoza como un hito, pero nadie ha vuelto a hablar de ella.

• Celebraron la declaración de los obispos como si fuera la Biblia, pero nadie recuerda ya lo que dijeron.

• Persuadieron a sus lectores del decisivo papel que iba a tener el Papa, pero el Papa ni está ni se le espera.

• Repudiaron el discurso del rey por desnortado, pepero y antipático para los catalanes. Pero el discurso activó la reacción preventiva contra la declaración de independencia.

• Describieron a Pedro Sánchez como rehén de sus barones jacobinos y a Rajoy como el hombre fosilizado incapaz de hacer política ni en Cataluña ni en Madrid. Pero ahora tienen a Sánchez y Rajoy en apacible idilio y planteando la reforma de la Constitución.

Los gurúes de la vida política en Cataluña —la fuerza del pueblo, el peso de Historia, los sentimientos heridos, siempre a vueltas con los sentimentos—, andan estos días recomponiendo la figura y reconstruyendo el discurso.

• Ahora maquillando su soberanismo y rupturista de catalanismo responsable.

• Ahora resulta que el rey, no siendo perfecto en su discurso, ¿verdad?, sí fue efectivo.

• Ahora resulta que siempre se vio venir que no habría mediadores ni nacionales ni foráneos.

• Ahora resulta que era evidente que no habría socorristas vaticanos al rescate de este barco a la deriva que es Puigdemont y su tripulación mestiza y a la greña.

Hoy ya no vale el juego de los espejos. El cuentito éste de “independientes, sí, lo seremos, ya lo veréis, muy pronto. Que la movilización no desfallezca”.

Porque a quien tiene que dar hoy una respuesta este President al que nadie conocía hace dos años no es al gobierno central —que también— sino a sus socios de embestida.

• A la CUP, que empezó a llamarle traidor el martes y le exige, con la fuerza de sus diez diputados (tiene diez de 135, es el partido que menos votos obtuvo de cuantos están en ese Parlamento, 335.000 catalanes de los cinco millones con derecho a voto), le exige que proclame del todo la independencia aunque el autogobierno se vaya a tomar viento, salgan espantadas las empresas que aún quedan y se monte la marimorena en las calles. Porque ése, y no otro, es el escenario que la CUP anhela: bronca callejera, quiebra del sistema y una independencia de pega.

• Esquerra, el partido que presume de haber sido asambleario mucho antes de que existieran la CUP, los comunes y Podemos, han endiosado a Oriol Junqueras como líder supremo y espera que sea él quien explique por dónde sopla el viento. Si el Junqueras verdadero es el que el jueves dio la razón a Ernest Maragall cuando éste decía que hay que dar por proclamada la independencia arriesgando lo que haya que arriesgar, o el Junqueras de verdad es éste que ahora se pone de perfil y reclama respaldo al president haga lo que haga esta mañana. En público, el cierre de filas. En privado, el gozo al examinar las encuestas.

• Y al final, el PDeCAT. Braceando en medio del naufragio a la búsqueda del tablón al que agarrarse. El regreso de Artur Mas como cerebro de la estrategia. El mismo Artur Mas que abrazó el independentismo creyendo que le consagraría como el nuevo Pujol, el pope de Cataluña, y hundió electoralmente su partido. El mismo que forzó el matrimonio independentista con Esquerra y acabó devorado por su propia criatura. El mismo que proclamó que los bancos nunca se irían. El mismo que le debe cinco millones de euros de fianza al Tribunal de Cuentas.

Teniendo de President a un extremista de tan poca hondura intelectual como Puigdemont, no es raro que Artur Mas, a su lado, parezca Maquiavelo.

Convergencia ha visto la oportunidad —a la fuerza ahorcan— de volver al terreno donde siempre se sintió más cómoda: primero acelero, llevo las cosas al extremo, tenso la situación…y luego me ofrezco yo misma a enfriarla, recoger cuerda y negociar los términos del alto el fuego. En beneficio, siempre, de Convergencia y quienes la lideran. La fórmula convergente se abre paso: pasteleo, pago por los servicios y hasta la siguiente embestida.

Mejor unas elecciones autonómicas al calor del referéndum y la matraca del estado represor que arruinar el autogobierno sin obtener nada tangible a cambio.

O las convocas tú o te las convocan, Carles.

Eso es lo único que queda por esclarecer dependiendo de lo que hoy responda al requerimiento. Quién y para cuándo convoca las cuartas elecciones autonómicas en siete años.