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OPINIÓN

Monólogo de Alsina: "Ayer en la España opresora un puñado de activistas le fastidiaron el día a miles de personas"

Fiesta local en la capital del reino. La Almudena. Cerrados, por festivo, la mayoría de los centros oficiales. Pero abierto, todo el día, el Tribunal Supremo. Una semana después, la señora Forcadell y los otros encausados de la mesa del Parlamento catalán, responderán a la acusación de la fiscalía. Rebelión, sedición, malversación.

Carlos Alsina | @carlos__alsina |  Madrid |  Actualizado el 09/11/2017 a las 08:12 horas

Forcadell podrá explicar que ella, sabiendo que estaba incumpliendo las resoluciones del Tribunal Constitucional —porque expresamente se lo había hecho saber el letrado de la cámara— admitió, promovió y organizó la aprobación de leyes inconstitucionales, la vulneración del reglamente en perjuicio de la minoría parlamentaria y la proclamación de la república catalana. O en palabras del propio Tribunal Constitucional ayer, "la degradación de todo el derecho al imperio de la mayoría". Y como de todo eso dijo estar muy orgullosa la señora Forcadell porque, según ella, estaba defendiendo la libertad de expresión y no sé cuántas más cosas, ¿se acuerdan?

Como presumió de ello, hoy podrá reiterar su satisfacción en sede judicial y afrontar con orgullo la responsabilidad que de ella se derive. "Pit enfora". O en castellano y con rima, "a lo hecho, pecho".

El Tribunal Constitucional, en una sentencia de ésas que jamás leerán los líderes independentistas, insistió ayer en este extremo: que Forcadell y los demás sabían lo que hacían porque habían sido repetidamente apercibidos.

Además, aprovecha el Tribunal —que anula, claro, la ley de la transitoriedad— para recordar unas cuantas cosas que también tiene dichas y que el aparato de propaganda secesionista se esfuerza en distorsionar siempre que puede. Reitera el Constitucional que el derecho de autodeterminación de un territorio no existe en nuestro ordenamiento. Y, atención Junqueras, atención Puigdemont, tampoco existe en los tratados internacionales que España tiene firmados. Ni derecho internacional ni tratados suscritos, insistamos, en contra de lo que viene martilleando el coro indepe, de Puigdemont a Junqueras pasando por los Rull, los Turull, los Comín y las Ponsatí.

Y esto otro que también le interesará aprender a la presidenta Forcadell, aunque sea dos años después de ser aupada a un cargo que, obviamente, nunca mereció y que a medida que lo fue desempeñando fue mereciéndole aún menos. 21 de octubre. Dijo esa noche la señora…

El Constitucional recuerda que la soberanía la tienen las Cortes españolas. Sólo ellas. El Parlamento catalán no tiene soberanía. Lo que tiene es potestad para legislar sobre cuestiones autonómicas, que es otra cosa. Sólo sobre cuestiones autonómicas.

Esto que ayer hizo el Tribunal Constitucional, con su prosa jurídica y templada, sin vocear y sin aspavientos, es denunciar la mentira máxima que alimenta todo el procés: que tener la mayoría absoluta en un Parlamento legitima para hacer cualquier cosa que a uno le parezca, incluida la voladora de la legalidad democrática, porque le avala el mandato popular. Si hubiera que poner todas las mentiras ordenadas en forma de pirámide ésta sería la cima, la mentira suprema. Y a la vez, la base sobre la que se ha construido todo el argumentario tóxico del independentismo excluyente. Tengo más diputados que nadie, luego no hay límites.

Tienes más diputados que nadie, pero estás igual de obligado a respetar los derechos de todos los ciudadanos españoles que si no los tuvieras.

El juez del Supremo Llarena decide hoy dónde duermen Forcadell y sus compañeros. Y el juez del Supremo decidirá en los próximos días si en adelante se ocupa él de instruir todas las causas relativas a la insurrección catalana. Si acumula él los sumarios de la Audiencia y del Superior de Justicia catalán. Y si revisa, o no, las medidas cautelares de los ya encarcelados.

No es un secreto para nadie que el gobierno, y el PSOE, preferirían que estos ex gobernantes respondieran de sus actos, pero sin encarcelamiento. Por el efecto que pueda tener en el ánimo electoral de los ciudadanos votantes. Ahora bien, sabiendo eso todo el mundo —por más que Puigdemont siga con su raca raca de que Rajoy ama encarcelar gente— ya verán como nadie acusará al gobierno de haber forzado al Supremo a soltar presos preventivos si finalmente eso sucediera.

Tal como nadie ha acusado al partido ése de los nacionalistas flamencos de estar presionando a los jueces belgas para que mantengan a Puigdemont lejos de España.

Es en esta España opresora y violenta en la que doscientos alcaldes puedan agarran la vara de mando, meterla en el equipaje y alquilarse un avión para irse de excursión mitinera a Bruselas, qué buenos son los alcaldes que se llevan a sí mismos de excursión. A costa de todos y con el aplauso de Pablo Iglesias.

Y es en la España opresora y violenta donde un puñado de activistas de un sindicato irrelevante le fastidian el día a decenas de miles de personas cortando por sus narices las calles, las carreteras, los trenes. El que no quiere hacer huelga se fastidia y por nuestras narices la hace.

Unos pocos cientos de agitadores forzando a decenas de miles de personas a no acudir a sus trabajos. Esto debe ser lo que Puigdemont llama respetar la voluntad de la mayoría.

Ni media palabra de los líderes políticos independentistas para condenar la actuación de los reventadores que ayer cortaron las calles, las carreteras y el tráfico ferroviario en Barcelona. Ni un sólo líder en defensa de los damnificados por el sabotaje. Los cabecillas de la ANC y Òmnium, por supuesto tampoco.

El independentismo, haciendo amigos. Si están buscando ganar respaldo para la causa, se han cubierto de gloria estos enemigos de la libertad.

Y Puigdemont, que cuenta ya los votos como quiere porque sabe lo que se le viene encima en diciembre.

Entrevista ayer en una tele belga.

La candidatura de Puigdemont puede caer al 10 % del voto.

Por eso él ya hace las cuentas como le interesa y se atribuye la futura victoria de los contrarios al 155, que es el truco burdo para sumar al bloque independentista lo que saquen los colaus y generar la ficción de que el independentismo saca mucho más apoyo que en 2015.

Aquí de lo que se trata no es de si gana o pierde el 155, que es un artículo que va a seguir estando en la Constitución, aquí se trata de cuánto apoyo tiene un líder llamado Puigdemont, que se ve a si mismo como la encarnación del pueblo catalán, y cuánto apoyo tienen quienes han gobernado Cataluña los dos últimos años: Esquerra, PDeCAT y la CUP. Cuánto respaldo nuevo han conseguido, o al revés, cuánto del que tuvieron han perdido, y cuánto obtienen quienes no están con el proceso independentista. Por cierto, los colaus ya han dicho que no se les cuente a ellos como partidarios del procés. Que ellos están con los puentes y el referéndum pactado y todo eso, pero no con la gestión del gobierno cesado.

Como vamos a asistir, antes y después de las urnas, al cambalache contable que ya exihibió el independentismo en 2015, conviene estar prevenido.