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Historias del valle sin retorno

Historias del valle sin retorno: Los Diez Mil Mandamientos / The Ten Thousand Commandments

Estados Unidos es el país con mayor número de prohibiciones del planeta. En nombre del bienestar, de la convivencia, de la tolerancia, del respeto o de la seguridad, cada dos horas y nueve minutos se aprueba una nueva reglamentación que impide hacer algo. Prohibido llevar sortijas mientras se manipula maquinaria pesada. Prohibido despertar a un oso que esté hibernando para sacarle una foto. Prohibido mojar a un viandante con el aspersor del jardín. Prohibido utilizar lenguaje inapropiado en presencia de un difunto. Prohibido envolver pescado en papel de periódico. Prohibido soltar más de 50 globos de gas por persona y hora. Aquí no están prohibidas las armas, pero es ilegal vender Huevos Kinder por miedo a que se atraganten los niños con el juguete.

Guillermo Fesser |  Madrid  |  Actualizado el 14/07/2016 a las 00:07 horas

Todo esto lo aprende Guss Sanders, el jefe de oncología del hospital de Harvard, en el despacho de su abogado. El FBI le aprieta las tuercas con la desaparición de Kathy Donahue y ha preferido no dejar nada a la improvisación. La pared del bufete es una librería gigantesca en donde reposan todos los reglamentos federales aprobados por las distintas administraciones. Un catálogo que se actualiza anualmente bajo el título de Los Diez Mil Mandamientos / The Ten Thousand Commandments.

Gracias a Dios ahora se puede consultar en digital, porque la última edición en papel, del año 2011, la que ahora contempla Guss Sanders, ocupa 238 volúmenes. A parte de enumerar las reglas, Los Diez Mil Mandamientos de la Ley norteamericana también recogen el enorme coste que su implementación supone al erario público: casi dos trillones de dólares al año. Como me pierdo en los ceros, digamos que, si el presupuesto para implementar las regulaciones federales fuera un país, sería la décima economía del mundo. Por debajo de Rusia y por delante de la India. “Aquí está todo regulado” señor Sanders. Manifiesta el letrado Amon Katz, mientras invita al doctor a sentarse.

“Estados Unidos en un país en el que hay que andar con pies de plomo para no ofender a nadie. No puedes ni contar un chiste. Todo está mal visto. Te pueden denunciar por todo. For God Shake / ¡Por el amor de Dios! Si en el colegio de mi hijo han prohibido este año cantar villancicos en navidad porque han protestado los que no son cristianos…” Amon Katz repasa con su cliente los hechos.

Sanders visitó a Kathy en su casa la mañana del día de Yom Kipur. El padre de la desaparecida, un tipo de ojos pequeños y nariz exagerada al que se le conoce con el apodo de El Cóndor, identificó el jaguar del cirujano. Según declaración prestada a la policía, sabiendo que su hija estaba sola esa mañana, se acercó a visitarla pero, al avistar el mencionado coche junto a la puerta del garaje, la discreción le hizo seguir de largo.

El Cóndor afirma también que, aunque John Donahue nunca había sido plato de su gusto, se sintió mal al sospechar que su hija pudiera estar teniendo un affaire. Bueno, en realidad no dijo “plato de mi gusto”, porque en inglés lo que no te gusta no es el plato; sino la taza de té. Así que, textualmente, lo que el cóndor declaró a la policía es que John Donahue “was never his cup of tea.”

A continuación consta la declaración de Sanders al agente Chuck Madera. Guss manifiesta que Kathy y él se conocen del hospital y mantienen una relación cordial. Que él supo por ella que estaba libre ese día y propuso que le acompañase a una cena organizada en la residencia privada de unos amigos a favor de la campaña de Hillary Clinton. Que la desaparecida accedió y por eso se acercó a buscarla. Pero que, una vez allí, había cambiado de opinión y hubo de marcharse solo… y disgustado pues ya había pagado 2.700 dólares por cubierto. Y que no ha vuelto a verla desde entonces.

Como coartada aporta la invitación al evento, titulado “Conversation with Hillary / Conversación con Hillary” y un selfie con la dueña de la casa, Nicole Rafanelli y la propia ex secretaria de estado. El nombre de la candidata demócrata le hace saltar al abogado: “¿Vio usted anoche el debate en Las Vegas, señor Sanders? El secreto de Donald Trump, permítame que le diga, es que se pasa por el forro todas las reglamentaciones. Y, en un país tan estirado, eso, significa un soplo de aire fresco para muchos votantes. Tanto… que hasta le perdonan las atrocidades que suelta en premio por atreverse a soltarlas”.

“Muy interesante”, responde Guss. “Pero lo que yo quiero saber es, si porque un testigo haya creído reconocer mi coche en casa de una mujer desaparecida, se me puede imputar de algo.” “No, señor Sanders. Y mucho menos todavía si lo que usted me está contando fuera cierto.”