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TERRITORIO NEGRO

Territorio Negro: Vida y muerte de El Niño Sáez

Tres balas acabaron hace ocho días con la vida de Francisco Javier Martín Sáez, un tipo de 36 años al que todos conocían como El Niño Sáez desde hace dos décadas, cuando comenzó a labrarse su leyenda como audaz alunicero. Después fue butronero, ladrón de casi cualquier cosa y, finalmente, narcotraficante, un negocio que le ha podido costar la vida. Hablamos en Territorio Negro de la vida y la muerte de este delincuente.

Luis Rendueles y Manu Marlasca |  Madrid |  Actualizado el 22/05/2017 a las 19:16 horas

El domingo, 14 de mayo, Francisco Javier Martín Sáez iba a comer a casa de su madre, en la calle Saavedra Fajardo, en el madrileño barrio de Latina, el barrio en el que nació y en el que dio sus primeros pasos como delincuente. Hacia las 11.30 de la mañana, a plena luz del día, cuando bajó de Smart biplaza, su asesino le descerrajó tres tiros. A Sáez le dio tiempo a recorrer unos pasos hasta que cayó muerto en mitad de la calle. Le dispararon con un arma de pequeño calibre: discreta –cabe en una mano– y eficaz solo a corta distancia. El uso de ese arma lleva ya una firma, porque es la que habitualmente emplean los sicarios colombianos.

Un responsable de las investigaciones nos decía hace poco que hay un exceso de información en este caso. Muchas personas, de manera oficial o extraoficial, están facilitando información a la policía sobre los últimos negocios en los que andaba El Niño Sáez, sus alianzas, sus enemigos… Y toda esa información hay que tamizarla bien, porque la mayoría no sale, lógicamente, de honrados ciudadanos.

La vida de Sáez cambió en el mes de noviembre de 2011. Dio su palo más audaz: se llevó 170 kilos de droga –de los cuales 120 eran de cocaína– de un depósito de Sanidad del puerto de Málaga, el lugar en el que se almacena el estupefaciente incautado en las operaciones policiales. Sáez y su banda tenían información privilegiada –un santo– y actuaron con total sigilo y eficacia. Tras aquel golpe, por el que El Niño pasó unos meses en prisión, se dio cuenta de que la droga era un botín que tenía una salida mucho más rentable y más rápida que las joyas, los teléfonos móviles o cualquiera de las cosas que hasta entonces había robado.

Y, tras ese golpe, decidió cambiar para siempre de negocio. No hay constancia oficial de ese paso, lógicamente. Lo cierto es que Sáez subió de nivel, como nos han comentado algunos policías que le conocen bien. Frecuentaba reservados de restaurantes de lujo y discotecas y no era detenido ‘in fraganti’ reventando cajas o haciendo un butrón. Y hay quien dice que hizo el mismo camino que quien fue siempre su referente: Ángel Suárez Flores, más conocido como Cásper o El Padrino.

Cásper, que actualmente cumple una larga condena por secuestro, lesiones, narcotráfico y unos cuantos delitos más, es el padre de todos los butroneros, especialmente de los madrileños. Cásper dio golpes espectaculares, como el de Yecla, en Murcia, o el robo de la colección de arte de Esther Koplowitz, pero también descubrió que la droga era mucho más rentable, así que se dedicó a seguir robando, pero esta vez a narcotraficantes. Su banda se especializó en hacer vuelcos: sustraer droga a traficantes. Y lo hizo a lo grande: se llevaba contenedores enteros de cocaína, para los que también tenía santos, colaboradores que le daban información precisa.

Robar a narcos tiene la enorme ventaja de que jamás te van a denunciar, pero, claro, tiene el inconveniente de que debe ser un oficio muy peligroso.

Cásper tenía mucho poderío, era un tipo muy respetado en el hampa, así que sobrevivió a los vuelcos, hasta que la policía le cazó tras torturar a un empelado del puerto de Algeciras al que llegó a cortar los dedos de un pie para obtener información sobre un contenedor cargado de cocaína. Si El Niño Sáez andaba dedicado a los vuelcos, siguiendo los pasos de Cásper, eso le ha podido costar la vida. Lo cierto es que jamás fue detenido por ese motivo y hay otras informaciones llegadas a la policía que sostienen que Sáez no robaba a narcos, sino que, sencillamente, se había convertido en traficante de cocaína y que había contraído una deuda o se había enfrentado con alguien importante, tanto como para encargar su muerte.

Pero, pese a los negocios peligrosos en los que andaba, El Niño Sáez estaba seguro de sí mismo. De hecho, no se ocultaba, le mataron muy cerca de casa de su madre.

El Niño Sáez era un tipo bravo, asiduo a los gimnasios, y de mucho carácter, que no se amedrentaba nunca y que en su barrio era el rey, a imagen y semejanza de los mafiosos italianos o irlandeses de Nueva York en los que el cine tanto se ha fijado. De hecho, en su barrio era donde se sentía más seguro. Seguía acudiendo casi a diario a casa de su madre, porque su hijo, un chaval de trece años, pasaba gran parte del tiempo con su abuela materna, la madre de Sáez, una mujer que la policía cree que ha actuado a veces de testaferro del delincuente.

Tras su muerte, en el lugar en el que cayó, sus vecinos y amigos improvisaron un altar en el que pusieron flores, fotos del delincuente, estampitas de Santa Gema y hasta oraciones para la ocasión. Una de ellas, plagada de faltas de ortografía, decía: “Descansa en paz, has sido el mejor. Antes rezábamos a Dios, ahora te rezamos a ti. Aunque nunca te haya conocido, siempre te he seguido. Ayúdame, por favor, a vivir. Tengo tres hijos y no tengo nada. Ayúdame”.

Su muerte le ha convertido casi en un santo o en un mártir en su barrio, pero durante su vida no hizo precisamente méritos para la beatificación…

Los primeros pasos de Sáez fueron como los de tantos otros delincuentes de su generación: El Trol, el Taca, el Niño Moro, el Goyito, los Bote Vargas, el Pimiento, el Egipcio, el Giorgio, el Jarry… Chavales que desde muy jóvenes robaban coches y los empotraban contra escaparates de cualquier tienda y después protagonizaban espectaculares fugas, en ocasiones burlando a los coches policiales.

El Niño Sáez no era el conductor más audaz ni el más hábil. El Goyito o los Bote Vargas le superaban en eso, pero sí era el que daba los golpes más atrevidos y, por tanto, los más rentables. Fue de los primeros que se atrevió a hacer alunizajes en el corazón del barrio de Salamanca, en la milla de oro de Madrid y obligó a los comercios más lujosos de la ciudad a instalar cierres metálicos blindados y bolardos frente a sus escaparates.

Fue creciendo, acumulando galones en ese mundo a base de palos legendarios y detenciones –suma más de medio centenar–. Golpes que nunca le llevaban a prisión porque los robos con fuerza –nunca fue un atracador ni intimidó a nadie– están muy poco penados. Aunque no era de las Torres de Villaverde, la mayor cantera de aluniceros de Madrid, se asoció con muchos de ellos para cometer robos puntuales. También fue un pionero en el asalto de camiones con mercancías valiosas y de fácil salida en el mercado negro, especialmente teléfonos o electrodomésticos. Los policías que le persiguieron durante estas dos décadas le reconocer un ojo especial, un instinto para elegir los golpes.

Y de ahí, de los alunizajes, pasó a los butrones, como el que era su ídolo, Cásper. Es un salto habitual en este mundo. El Taca y él rivalizaban –aunque muchas veces se asociaban– en ser los mejores butroneros. Sáez estudiaba muy bien el terreno, vigilaba los negocios a asaltar y seguía eligiendo muy bien los objetivos. En los años previos a la crisis de 2008, muchas oficinas y despachos almacenaban cientos de miles de euros en metálico, una información que llegaba a El Niño Sáez y que él nunca desperdiciaba.

Se han visto en los últimos días imágenes de él en tomadas de cámaras de seguridad, su rostro era conocido e imagino que eso no es muy bueno para ese negocio en el que él andaba…

Se había hecho demasiado popular, ya no podía bichear, como se dice en el argot, por una joyería o por un negocio sin ser reconocido, así que pasó de la cantidad a la calidad. Sáez robaba casi de manera compulsiva: polígonos, tiendas, camiones, joyerías… Pero en los últimos años redujo sus golpes a palos muy bien seleccionados y que le proporcionasen muchos beneficios. Probablemente, cuando le llegó la información del almacén de droga de Málaga fue incapaz de decir que no y dio el salto definitivo.

Supongo que es muy difícil averiguar cuánto dinero ganó en estos años dedicados a la delincuencia. Es imposible. La policía intentó hacerle una investigación patrimonial que no pudo acabar, porque gran parte de su dinero lo gastó en propiedades fuera de España, sobre todo en Marruecos. Hay quien dice que tiene allí hasta un hotel. Lo que sí se puede cuantificar son los días que ha trabajado de manera legal. Según su vida laboral, Francisco Javier Martín Sáez ha cotizado dieciocho días a la Seguridad Social en sus 36 años de existencia.

Sáez no se privaba de nada. Los veranos en Ibiza, donde eran célebres sus fiestas en barcos alquilados que duraban días y a las que acudía otros conocidos delincuentes y, sobre todo, muchas mujeres. Se vestía con camisas hechas a medida, era asiduo a los centros de estética, donde le hacían la manicura o le ponían bótox. Se sometió a alguna operación de cirugía para mejorar su ya muy cuidado físico y se puso una dentadura nueva. Además, como tantos otros delincuentes –Ana Cameno, Álvaro López Tardón…–, era seguidor de los ritos santeros. Era un hampón de manual.

Un hampón de manual que ha tenido el final de tantos otros hampones. Aunque mientras se mantuvo lejos de las drogas, Sáez no estuvo nunca amenazado. Era un tipo, nos cuentan los propios policías que le detuvieron varias veces, muy bravo pero con códigos. Ha sido el único de esta generación de delincuentes que cuando ha reconocido a un policía en uno de los locales que frecuentaba, se ha encarado con él. Un policía nos contaba como en un registro que le hicieron en su casa, en el que los agentes llevaban los rostros tapados, El Niño se dirigió a uno y le dijo: “Quítate eso, Alberto, que sé perfectamente quién eres”. Sáez resolvía sus diferencias con mucha solvencia en un mundo complicado y por eso no tuvo el final de otros compañeros de promoción.

Otros que murieron aún más prematuramente que él… Sí, a uno de sus amigos y compañero de alunizajes, el colombiano Carlos Jarry Sánchez López, le metieron ocho balazos cuando tenía 23 años, en 2008. Su muerte fue obra de compañeros de correrías y el motivo nunca fue aclarado. Y un año más tarde, Alfredo Díaz, El Pimiento, fue asesinado por dos tipos que tenían una deuda con él de 90.000 euros y que temían por sus vidas, según dijeron en el juicio.

Tras la muerte de El Niño Sáez, su trono queda vacante. ¿Hay algún candidato a sucederle? No está claro. El Taca y el Trol probablemente sean los dos mejores butroneros que queden en activo. Los dos se asociaron a veces con Sáez. Jan Joseph Younes, el Egipcio, que fue el más fiel escudero de El Niño Sáez, no sabemos con quién se asociará ahora. Pero lo que está claro es que quien o quienes le sucedan estuvieron en el entierro de El Niño Sáez, por el que desfiló toda la delincuencia de Madrid. Un policía nos dijo hace unos días: “espero que algún compañero grabase el entierro para actualizar las fotos de todos, porque estaban todos”.