Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar, recoger datos estadísticos y mostrarle publicidad relevante. Si continúa navegando, está aceptando su uso. Puede obtener más información o cambiar la configuración en política de cookies.

Disfruta de la app de Onda Cero en tu móvil.

TERRITORIO NEGRO

Territorio Negro: Noelia de Mingo, a las puertas de la libertad

Han pasado ya catorce años desde que la doctora Noelia de Mingo matase a tres personas en la Fundación Jiménez Díaz, donde trabajaba, en pleno bote psicótico. Los psiquiatras y la justicia dictaminaron que Noelia no fue responsable de sus actos, es decir, la eximieron de responsabilidad, pero decretaron su ingreso en un establecimiento psiquiátrico penitenciario. Ahora, el equipo de psiquiatras y psicólogos que la trata cree que ha llegado el momento de que salga en libertad. Contaremos quién es la doctora De Mingo y qué ha sido de ella en estos catorce años.

Manu Marlasca y Luis Rendueles  |  Madrid |  Actualizado el 26/06/2017 a las 18:02 horas

Comencemos recordando lo ocurrido ese 3 de abril de 2003 en la Clínica de la Concepción, donde Noelia de Mingo cursaba el tercer curso de MIR en la especialidad de Reumatología. Eran las 14.25 de ese día. Noelia estaba en la tercera planta de la Fundación Jiménez Díaz, también conocida como clínica de la Concepción, la Concha. Sin mediar palabra, sacó un cuchillo de grandes dimensiones que había comprado previamente y que llevaba escondido en su bata de médico. Su primera víctima mortal fue su compañera Leila El Ouamari, una médica residente de 27 años que pasaba la mayor parte de su jornada con Noelia. Tras cruzar una puerta, se dirigió hacia una paciente, Jacinta Gómez Llave, de 77 años, que hablaba con su hijo por teléfono y murió a consecuencia de las puñaladas.

Uno tras otro, fue atacando a todos los que se cruzaron en su camino. Félix Vallés, un jubilado que estaba visitando a un paciente, también murió días después del ataque a consecuencia de las heridas que le provocó la doctora, una mujer menuda, que en plena furia homicida hirió a otras dos doctoras y a cinco enfermeras. Varios celadores tuvieron que emplearse a fondo para reducirla.

Y a partir de ese mismo día, Noelia de Mingo permanece privada de libertad, detenida o encarcelada. Nada más ser detenida fue ingresada en el Hospital Gregorio Marañón, en la planta de Psiquiatría. Durante la instrucción de la causa y hasta que llegó la sentencia, la doctora pasó por las enfermerías de Soto del Real –donde estuvo una semana- y por Meco. Allí esperó su juicio, celebrado en 2006, en el que fue absuelta, eximida de cualquier responsabilidad criminal en los tres asesinatos y cuatro tentativas de asesinato de los que estaba acusada. Ella se negó a declarar, tanto en su turno –al inicio del juicio- como al final, en el turno de última palabra.

Es decir, la justicia dijo que no se le podía hacer responsable de sus crímenes… El tribunal le aplicó la eximente completa de enajenación mental. Consideró probado, tras escuchar a los psiquiatras y a los testigos que conocieron a Noelia antes de sus crímenes, que la procesada actuó en pleno brote psicótico, víctima de la enfermedad que padecía, una esquizofrenia paranoide. El tribunal decretó que Noelia de Mingo debía ser ingresada en un centro psiquiátrico penitenciario por un tiempo máximo de 25 años. De hecho, nada más hacerse pública la sentencia, la doctora ingresó en uno de los dos psiquiátricos penitenciarios que hay en España: Fontcalent, en Alicante. En el otro, Sevilla, no hay módulo de mujeres.

La doctora fue absuelta por su estado mental. Quedó claro que estaba enferma. ¿Cómo es posible que siguiese trabajando con cierta normalidad hasta el día de los crímenes?

Esa fue una de las cuestiones más importantes a dirimir en el juicio. De hecho, el tribunal dictaminó que la Fundación Jiménez Díaz debía responder de manera subsidiaria a las indemnizaciones fijadas para las víctimas y sus familiares. Tanto en la instrucción como en el juicio oral quedó muy claro que Noelia de Mingo había dado señales muy evidentes de su estado antes del crimen. Vamos a leer lo que dijo la sentencia en este punto: “cualquier persona que se relacionara con Noelia podía apreciar su estado y las personas que trabajaban con ella habían puesto de manifiesto su estado, sus temores y el peligro que suponía su mantenimiento en el hospital, pese a lo cual ninguna medida fue tomada por los responsables del mismo, medida que probablemente hubiera evitado el acaecimiento de los hechos”.

Noelia de Mingo tuvo una infancia y una juventud absolutamente normales. Accedió a la exigente carrera de Medicina y repitió dos cursos antes de aprobar el MIR, algo nada excepcional. Dos años antes de los hechos, se detectaron las primeras señales de que algo no andaba bien en su cabeza: Noelia se citó con un médico y le dijo que le había oído a él y a otros compañeros hablar de ella a sus espaldas y le contó una increíble conspiración de la que ella era víctima: pensaba que le grababan en el interior de su domicilio.

Y esto pasa antes del episodio que termina con tres muertes… Fueron las primeras señales de una enfermedad terrible, la esquizofrenia paranoide, que le llevó a presentar una denuncia en la comisaría de Tetuán. En ella, Noelia dijo que quería denunciar a la Fundación Jiménez Díaz porque la vigilaban las 24 horas del día y habían colgado fotografías suyas y de su familia en Internet. A sus padres les dijo que en el hospital se habían puesto de acuerdo todos para echarla, así que Noelia acabó en la consulta de un médico que le recetó Risperdal, un medicamento destinado a paliar los efectos de la esquizofrenia.

Es decir, que ya en 2001, Noelia de Mingo estaba siendo tratada con un medicamento para esquizofrénicos. El problema es que dejó de tomar su medicación muy pronto, en enero de 2002, porque decía que le hacía engordar. Noelia comenzó a dar síntomas de que algo terrible le estaba pasando. Se reía sola continuamente, ni siquiera miraba a sus pacientes, aporreaba las teclas de su ordenador con el monitor apagado, canturreaba durante todo el día…

Muchos compañeros de Noelia incluso bromeaban diciendo que un día iba a clavarles un cuchillo por la espalda o que le haría algo a algún paciente. En el hospital, lo único que hicieron fue eximirle de las guardias, porque el diagnóstico oficial fue que padecía estrés, aunque la realidad, según los psiquiatras, es que la doctora padecía una enfermedad mental llamada Delirio de Fregoli: el enfermo piensa que las personas de su entorno son sustituidas por desconocidos para perjudicarla o hacerle daño. Es decir, ella pensaba que toda la gente que tenía a su alrededor eran actores contratados por los urdidores de esa enorme conspiración de la que era víctima.

Imagínense lo que debió pasar esa mujer durante dos años, en los que pensó que todo lo que le rodeaba era teatro. Ella oía voces permanentemente que la insultaban, que la amenazaba y además veía a gente por la calle vestida de Superman que se reían de ella. Lo mejor para entender su estado, quizás sea leer lo que ella misma le escribió a los psiquiatras: “Mi familia y yo hemos sido víctimas de todo un cúmulo de delitos: robo, allanamiento de morada, boicot de la empresa familiar hasta llevarla a la ruina, amenazas de muerte, maltrato psicológico… y se han violado nuestros derechos a la salud, a la información y sobre todo a la intimidad, honor y propia imagen. Y todo esto orquestado por un grupo de psiquiatras que ha sabido implicar en una gran farsa a decenas de personas, incluyendo a nuestros familiares y a nuestro reducido círculo social, y que se ha ayudado de tecnología propia del espionaje internacional”.

Noelia de Mingo compró el cuchillo –dijo- porque quería intimidar a sus compañeros para que dejasen de espiarla. A los psiquiatras les dio lo más parecido a un móvil: “Durante los últimos dos años me han venido demostrando que han grabado con imagen y sonido toda mi vida .Para este registro han debido de utilizar sistemas de seguimiento ultramodernos desconocidos para la gran mayoría de la población. Por si todo esto fuera poco, hace pocas semanas me demostraron que además son capaces de conocer lo que pienso. Fue esto, unido al hecho de que todos los médicos de la Fundación Jiménez Díaz no eran más que meros actores interpretando un papel, lo que me llevó a un estado de extrema ansiedad”.

Ese era el estado mental de Noelia de Mingo en el momento de los crímenes, hace 14 años. ¿Qué ha pasado desde entonces? ¿Cuál ha sido su evolución?

El pasado 19 de enero, la dirección del psiquiátrico penitenciario de Fontcalent, donde Noelia de Mingo lleva ingresada once años, envió al juzgado de vigilancia penitenciaria su último informe semestral, en el que valoraba el estado de Noelia. En él, el equipo de Fontcalent proponía, leemos textualmente, “la sustitución de medida de seguridad de internamiento por tratamiento ambulatorio”. Es decir, consideraban que Noelia era apta para salir del centro penitenciario y continuar con su tratamiento en casa. La propuesta ha enfadado –y es lógico- a los familiares de las víctimas, que han pedido que la doctora no salga hasta que su enfermedad se cure, pero eso no va a pasar.

Una esquizofrenia paranoide es una enfermedad crónica, sin cura. En todos los informes se dice que en el caso de Noelia de Mingo su enfermedad está en remisión completa, lo que no quiere decir que esté curada. De hecho, toma a diario un medicamento antipsicótico. En uno de los informes recientes de los psiquiatras que le tratan, se dice que “es plenamente consciente de la enfermedad que tiene y de la importancia de continuar con el tratamiento para no recaer. El tratamiento farmacológico es vivido por la paciente como que no le provoca efectos secundarios y que se encuentra muy bien”.

En estos casos, lo más importante debe ser la toma de conciencia de la enfermedad, ser consciente de que estás enfermo. Noelia de Mingo es absolutamente consciente de su mal. En eso están de acuerdo todos los especialistas que la han tratado en este tiempo. Por eso, y por su capacidad de autogobierno, creen que está preparada para salir a la calle. De hecho, ya ha disfrutado de permisos de hasta 90 días y no ha tenido ningún tipo de problemas. Incluso ha pasado las revisiones psiquiátricas correspondientes en esos permisos de manera muy disciplinada.

Cuando los síntomas de su enfermedad comenzaron a remitir por la medicación que le administraron, Noelia de Mingo comenzó a estudiar. Ha aprendido inglés, portugués y valenciano (quiere dedicarse a la traducción), ha hecho el Camino de Santiago con otros internos e incluso ha escrito una serie de relatos que quiere publicar. Hace poco nos contaron que en una visita a Fontcalent, los máximos responsables de Prisiones se sorprendieron de ver a Noelia trabajando con el equipo médico y de enfermería del centro, atendiendo a otros internos.

¿Hay alguna posibilidad de que los síntomas regresen y Noelia de Mingo se convierta de nuevo en alguien peligroso?

No hay posibilidad de que los síntomas regresen y Noelia de Mingo se convierta de nuevo en alguien peligroso, mientras siga medicándose y acudiendo a las citas con los psiquiatras que la evalúan de forma periódica. En los informes que piden su libertad, se aclara que la madre de Noelia se ha comprometido a ocuparse de ella, tal y como ha hecho en todos los permisos de los que ha disfrutado. Además, la mujer tiene un fuerte arraigo familiar y está en permanente contacto con sus hermanos y sus sobrinos, de los que ha disfrutado en sus salidas de Fontcalent. Su padre murió poco antes del inicio del juicio.

Psiquiatras, psicólogos y funcionarios están de acuerdo en la puesta en libertad de Noelia. ¿Quién se opone?

Las víctimas. Y es lógico. El abogado Carlos Sardinero, que las representa, dijo a los compañeros de El País que “lo que está ocurriendo es que la paciente ha sufrido una mejoría debido a que se está tomando la medicación adecuada y que está en un ambiente controlado y sin estrés.” El abogado piensa de manera radicalmente distinta a los médicos: “es una persona con un riesgo potencial muy alto que no debe soportar la sociedad", dijo.

Quienes la han tratado estos años nos cuentan que ha hablado de sus crímenes, que es consciente de lo ocurrido, de las muertes que provocó, pero que cuando lo cuenta lo hace en tercera persona, como si ella no fuese la que cometió esos hechos. Y seguramente fue así.