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TERRITORIO NEGRO

Territorio Negro: La mente de Bruno, el asesino de la picadora

Estos días se están juzgando en Madrid a Bruno Hernández Vega, un hombre acusado de asesinar a dos mujeres. Ha pasado a la historia criminal como “el asesino de la picadora”, porque la Guardia Civil encontró en su domicilio una máquina picadora de carne con la que presumiblemente se deshizo de los cadáveres de sus víctimas. Pocas dudas hay acerca de la culpabilidad de Bruno en esos crímenes. Por eso queremos hablar de la mente de Bruno, de lo que hay en su cabeza y del enorme fracaso del sistema, un sistema que, como alguna otra vez henos contado aquí, deja a los enfermos mentales en un rincón escondido y da a sus familias toda la responsabilidad en su tratamiento.

Luis Rendueles y Manu Marlasca |  Madrid |  Actualizado el 26/09/2017 a las 18:30 horas

Bruno Hernández Vega está siendo juzgado por el asesinato de dos personas: su tía, Liria Hernández Hernández, a la que mató en una fecha que no ha podido ser precisada, pero posterior al 13 de abril de 2010, y la argentina Adriana Beatriz Gioiosa, a la que asesinó el 1 de abril de 2015.

No hay ninguna duda de la autoría de estos crímenes. En un serrucho hallado en casa de Bruno, la Guardia Civil halló restos de ADN correspondientes a su tía y en la máquina picadora de carne que tenía en el domicilio y que estos días está en la sala donde se juzga a Bruno, los agentes encontraron restos de carne correspondientes a Adriana. Además, en casa del acusado se hallaron efectos personales de la mujer argentina, como su documentación o las llaves de su vehículo.

Todo parece indicar que los asesinatos de produjeron en brotes de locura de Bruno, que como luego contaremos, eran terribles. No había motivos, son dos crímenes sin historia, dos crímenes de un loco de los que hablaba el doctor José Antonio García Andrade. Liria era hermana de su padre, llevaba más de treinta años separada y su único hijo había muerto en 2006. Lo más triste, y aquí empiezan los fracasos del sistema, es que pasaron cinco años sin que nadie se diese cuenta de que faltaba. Fue el crimen de Adriana el que destapó el de Liria.

Liria no tenía relación con sus cinco hermanos, su hijo había muerto y nadie la echó de menos. Su muerte se descubrió cuando el hermano de Adriana se desplazó a España desde Argentina para denunciar su desaparición, el 6 de abril de 2015. Llevaba una semana sin noticias de ella y se preocupó. Se presentó en la casa en la que vivía su hermana, en Majadahonda. Allí le recibió Bruno, que le dijo que la mujer, de 54 años, se había marchado con un novio a Barcelona y que se había dejado en el domicilio todas sus pertenencias, algo poco creíble para el hermano de Adriana y para la Guardia Civil, que puso enseguida el foco en Bruno. De Liliana se empieza a hablar cuando se averigua que la casa en la que vivían Bruno y Adriana como inquilina, era propiedad de la tía de Bruno, una mujer de la que nadie sabía nada desde cinco años atrás.

Y Adriana tiene presumiblemente el mismo final que la tía de Bruno. No se sabe cómo la mató, pero sí cómo se deshizo del cuerpo, porque la máquina picadora aún guardaba restos de la mujer cuando la Guardia Civil la encontró. La investigación apunta a que el crimen ocurrió el 1 de abril. Después, intentó fabricar una coartada. El 3 de abril introdujo bajo la puerta del Burger King de Majadahonda donde Adriana trabajaba una carta mecanografiada dirigida al gerente del establecimiento en la que le decía que abandonaba su puesto de trabajo.

Además, envió mensajes a la familia y amigos de Adriana, empleando su teléfono móvil, en los que les decía que estaba de viaje en Barcelona y que se iba a ir a recorrer a Europa. Bruno incluso hizo un viaje en tren a la Ciudad Condal con el móvil de Adriana para que el teléfono posicionase allí si alguien se molestaba en buscarla. El problema para Bruno fue que las cámaras de seguridad de las estaciones de Atocha y Sants le grabaron en ese viaje.

Hasta aquí los hechos y una investigación relativamente sencilla para la Guardia Civil, que detuvo a Bruno el 7 de abril de 2015, apenas 24 horas después de que el hermano de Adriana presentase la denuncia por la desaparición de la mujer. Vamos ahora a conocer quién es Bruno y, sobre todo, el mundo en el que vive por culpa de su enfermedad.

Bruno Hernández Vega nació en Sarria (Lugo) el 22 de julio de 1983. Su madre le tuvo cuando tenía 15 años. Sus padres se separaron cuando él tenía tres años. Él se queda con su padre y empieza a recorrer el mundo, acompañando a su padre, que se dedicaba a la hostelería y a la industria maderera: vive en Salamanca, en Estados Unidos, en México, en Puerto Rico.

Cuando Bruno tiene 15 años, su madre –que no había tenido ningún contacto con él desde los tres años– comienza a buscarle, incluso acude al programa de Paco Lobatón y escribe a la Casa Real. A los 16 años, finalmente, su madre le encuentra y retoma su relación con él. Sabemos que no terminó el Bachillerato y poco más, porque a partir de aquí, la biografía de Bruno es la que conocemos gracias a su historial psiquiátrico y a su propio testimonio, el que le ha dado a los psiquiatras.

Que, como veremos, es larguísimo y lleno de señales alarmantes. Vamos a conocer a Bruno a través de sus palabras y así a conocer su estado mental.

Dice que a los 15 años tuvo su primer trabajo en una tabacalera en América, “porque coopero con el gobierno americano. Tengo que cooperar, siempre y eternamente”. A los 19 años y durante dos años dice que trabajó “en International Enterprices, una empresa del gobierno español y que posteriormente lo hizo en una central de alarmas y en empresas de seguridad que cooperan con el ejército y llevan la seguridad de bases militares de armamento y artillería.” A los 20 años quiso entrar en el ejército y no le admitieron al detectarle un trastorno obsesivo compulsivo –esto está documentado–. Él dice que no le admitieron porque era “muy bueno y no quería que me mataran en la guerra. Yo coopero con los generales para cualquier cosa que me pidan. Hice psicotécnicos y quise hacer una interpelación”.

Según consta en uno de sus informes psiquiátricos, a los 21 años su entorno le detecta los primeros síntomas. Decía que iba a dominar el mundo, que iba a dar un golpe de Estado. Se llegó a encerrar en una casa varios días, con candado, para trabajar en un proyecto secreto. Su madre le contó a los médicos que Bruno siempre había estado obsesionado con los chinos, los perros y el virus ébola, pero lo cierto es que hasta el año 2012 –presumiblemente cuando ya ha asesinado a su tía– no se produce su primer ingreso en un centro psiquiátrico.

Llega en septiembre de 2012 al Hospital de Móstoles, procedente de Salamanca, donde llevaba diez días. Su discurso es ya el de un esquizofrénico paranoide de manual: tiene la firme convicción de que los chinos están alterando la cadena alimenticia. “Los establecimientos de comida china contaminan la comida de las cadenas de supermercados, esto hace que la población tenga molestias digestivas y explica el empeoramiento de mi hernia de hiato. Creo que tengo algo dentro del cuerpo como una lapa o una sustancia que utilizan los ejércitos nórdicos, no sé si la tengo o las emisiones que me llegan son por ondas electromagnéticas. Hay que tomar medidas a nivel internacional. Yo a diario leo comunicados de la ONU de miles de páginas”. Pasa cerca de un mes ingresado en el hospital y le derivan a un centro de día al que él debería acudir voluntariamente.

Bruno no tiene conciencia de su gravísima enfermedad. Ni siquiera ahora, como veremos más adelante. De hecho, dice que cuando los médicos le diagnostican esquizofrenia, “deben estar cometiendo un error”. Su padre y su madre, que fueron entrevistados por los psiquiatras, han aportado pocos datos, porque Bruno lleva muchos años sin contacto estrecho con ellos. Su padre se limitó a decir que cuando su hijo toma la medicación está bien, pero no así cuando la deja. “En los últimos cuatro años estaba mal, completamente desordenado, desquiciado, subía, bajaba, lloraba, se reía, decía que nos iban a envenenar los chinos, estaba como un zombi. Estudiaba alemán y ruso, arreglaba ordenadores, vendía libros, no se concentraba en nada… le daba por distintas cosas: no podía tocar el pomo de la puerta y la abría con el codo, se duchaba diez veces al día”.

Y unos meses después de ese primer ingreso, llega el segundo. En este ingreso, que llega en mayo de 2013, Bruno dice que “tenía miedo y me paralicé de algo que descubrí en Inglaterra, que no conté a los médicos y que prefiero no comentar porque no me van a creer”. Es aquí, en este segundo ingreso, cuando Bruno comienza a hablar de algo que es una constante en su discurso desde entonces: la hermandad ER.

Como cualquier delirio, tiene una muy difícil explicación. Es el mundo en el que Bruno vive, así que lo mejor es explicarlo con sus palabras. Dice que entró en contacto con la hermandad ER a los 15-16 años en Puerto Rico. Se enteró de su existencia por la directora del colegio al que iba: “los magisterios internacionales cooperan con la hermandad. Llevamos cooperando con gobiernos internacionales toda la vida, gobierno lleva ER. Escrivá de Balaguer pertenece a ella.

Es una hermandad secreta, dicen que Escrivá está muerto pero no lo está. Yo le vi físicamente en conferencias, había personas que iban detrás de él. Coopera con diferentes gobiernos. Es todo secreto. La función es cooperar con diferentes gobiernos: Berlusconi, Rajoy, Merkel, Cameron, Kitchner… Yo coopero leyendo, interactuando, en la movilización de los votadores para que voten a una determinada persona de un determinado gobierno… intentaba cooperar con Wagner que tiene tierras en Canadá. Repartía folletos y me anunciaba en Internet. Tenía contacto con él a través de otras personas de la hermandad. Pertenezco al ministerio del Interior, Fernández Díaz tiene la ER. Yo coopero con él. I am ER I can”. Una de las constantes en el discurso de Bruno es la mezcla de inglés y español.

Vamos a remitirnos a un informe que los psiquiatras le hicieron cuando llevaba más de un año encarcelado y en el que señalan su nula conciencia de la enfermedad: “Apelo a mi derecho constitucional a rechazar el tratamiento. Estoy perfecto. Desciendo de los superpropietarios de Tintín, Hernández y Fernández. Todas las personas tenemos un código nacional, si añadimos la ER en él nos convertimos en superpersonas. Mi caso lo lleva el superabogado de prestigio conocido mundialmente como Mister Bigotes.”

Míster Bigotes es su letrado, Marcos García Montes, al que se refiere como Míster para que le cuadre lo de la ER. Es más, la mano derecha de Marcos, la abogada Carlota Garrido, para él es Esther y alguna vez que le ha ido a ver a prisión se ha levantado del locutorio se ha levantado porque llevaba un bolígrafo de la marca Bic en lugar de un Standler, los únicos que él admite… En prisión, le han tenido que denegar el acceso a la biblioteca porque rodeaba con círculos todas las palabras que contienen la sílaba ER.

Antes de ser detenido, Bruno Hernández pasa dos veces más, en el año 2014, por establecimientos psiquiátricos. Ha cometido un crimen, está a punto de cometer otro y nadie hace nada por evitarlo, pese al deterioro que muestra su estado mental.

En abril, los servicios de emergencia se lo llevan al Hospital de Móstoles porque un vecino avisa de que está gritando desde la ventana frases sobre Lucifer. La hermandad de la ER ya es una constante en su vida, hasta el punto de que en ese ingreso su único empeño era que le llevasen a la Clínica Ruber y que hablasen con el inexistente Boeringer.

Su último ingreso antes de su detención se produce en noviembre de 2014, después de que los bomberos le rescaten a él y a su novia del sótano en el que se habían encerrado “para que no nos encuentre la ex pareja de mi novia”. Los médicos hacen constar que durante la entrevista habla con rimas consonantes, en inglés y empieza a cantar. Dice que estuvo en Canadá para comprar unos terrenos y así alimentar a los humanos durante 300 o 1000 años. Vuelve a hablar de la hermandad, donde dice que hay ingenieros, enfermeros y todo tipo de profesionales que tengan la sílaba ER en su nombre.

Habéis mencionado a su novia, una mujer con la que tiene un hijo que nació con él en prisión. Es un personaje bastante interesante.

Bárbara conoció a Bruno en la planta de psiquiatría de un hospital. Ella padecía un trastorno bipolar y Bruno la ayudó para que no se quitase la vida. En su entrevista con los psiquiatras dio un buen perfil de él: “Habla de cosas raras, de su hermandad, implica a personas del gobierno en su vida, habla mucho de su mundo, tiene un dueño, ER. Vive en dos mundos: el nuestro, el normal, y otro en el que es otra persona, otro que ha creado él mismo, en el que es una persona importante que trabaja para el gobierno… oye voces, decía que le daban mensajes por televisión, va con miedo de que le podía pasar algo, a veces se ponía un chaleco antibalas. Cuando está bien es muy cariñoso, responsable, muy noble. Cuando está mal es otra persona, desconecta totalmente. No es consciente de dónde vive y de quién es”. Bárbara sigue apoyando a Bruno y es la madre de su hijo, que nació cuando él ya estaba en prisión.

Bruno no quiere hablar sobre sus crímenes. Cuando los psiquiatras le preguntaron por ellos se remitió a su constante hermandad: “Me acusan de la desaparición de dos personas. Yo coopero con las fuerzas de seguridad del estado, pondrían pruebas falsas para atraerme al ministerio del interior de Navalcarnero –así llama a la cárcel de Navalcarnero–. Voy a internar ponerme en contacto con personas de la hermandad para ver si deciden que tengo que permanecer en el ministerio del interior o me quieren ayudar. Mi tía está en la hermandad. El gobierno está haciendo un superesfuerzo por darme de comer y hacérmelo todo”.