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TERRITORIO NEGRO

Territorio Negro: El robo de El Dioni

Dionisio Rodríguez Martín dejó de ser un vigilante de seguridad anónimo y se convirtió en una celebridad el 28 de julio de 1989, cuando se llevó del furgón blindado que custodiaba casi 300 millones de las pesetas de entonces, es decir, 1,8 millones de euros. A partir de ese día, El Dioni fue el autor del golpe soñado por muchos y su robo y sus peripecias posteriores pasaron a formar parte hasta de la cultura popular. Hoy, cuando El Dioni es un personaje difuminado por el paso del tiempo, recordamos quién es y, sobre todo, cómo fue su golpe.

Luis Rendueles y Manu Marlasca |  Madrid |  Actualizado el 17/10/2017 a las 17:18 horas

El Dioni forma parte, ya lo decíamos, de la cultura popular. Y prueba de ello es esta canción que le dedicó Joaquín Sabina llamada ‘Con un par’ y en la que el cantautor glosa las peripecias del Dioni. Pero antes de ser El Dioni, ¿quién era Dionisio Rodríguez Martín?

Dionisio Rodríguez nació en Madrid el 31 de octubre de 1949. Se casó antes de cumplir los veinte años tras dejar embarazada a su novia. El matrimonio duró poco, pero nuestro protagonista no cayó en la melancolía. Frecuentaba los bares de su barrio –Retiro–, donde siempre pedía whisky Passport y donde también siempre salía acompañado de una mujer. Se hacía llamar Raúl, tapaba su estrabismo con gafas oscuras y tenía hasta tres peluquines. Tras su robo, recuerdo que un amigo me contó que había pedido presupuesto para instalar en su casa una cama giratoria y un juego de luces.

Dionisio trabajó como representante de charcutería y de papelería antes de ingresar en la empresa de seguridad Candi, en 1980, ya con el título de vigilante bajo el brazo. Allí, según él mismo contó, pasó casi diez años codeándose con vips a los que daba protección: políticos, grandes empresarios y hasta dos directores generales de la ONCE, Miguel Durán y Antonio Mosquete, que, por cierto, murió al caer por el hueco de un ascensor.

Según Dioni, meses antes del golpe asistió a una discusión entre dos directivos de su empresa en la que intentó mediar y eso le costó ser degradado. Pasó de ganar 180.000 pesetas (unos 1.1000 euros) a 100.000 (unos 600 euros). Pasó de vestir de traje y acudir a restaurantes y reuniones acompañando a sus protegidos a llevar uniforme y pasar largas jornadas trasportando dinero de un sitio a otro.

Lo cierto es que, además, Dioni protagonizó en mayo de 1989 –dos meses antes del robo– un incidente con un compañero de trabajo, un colombiano llamado José Stojan, con el que se peleó en una discoteca frecuentada por ambos. El incidente acabó con la llegada de la policía, que comprobó que Dioni iba armado con su revólver reglamentario. La bronca le costó al vigilante un juicio de faltas y ser degradado.

Y así llegamos al día del golpe, ese 28 de julio de 1989. Recordemos cómo fue ese, para muchos, golpe soñado.

Dioni era el jefe de equipo de un furgón en el que iban los vigilantes Juan Luis Macarro y José Luis Terrón. Al llegar a la pastelería Mallorca de la calle Alberto Alcocer, Dioni le pidió a Terrón, el conductor, que bajase del furgón, pese a que era un papel que no le correspondía. Dioni adujo un ataque de ciática como excusa para quedarse solo en el blindado.

Cuando sus dos compañeros se bajaron, Dioni arrancó el furgón y recorrió los 700 metros que separan la pastelería del aparcamiento de un hipermercado en el que había dejado aparcado su coche. Sacó del blindado las sacas con el dinero, que pesaban unos 70 kilos, y las metió en su vehículo. Dentro del furgón dejó las armas y 20 millones de pesetas (120.000 euros) pertenecientes a la nómina de una empresa. Lo hizo, según contó tras ser detenido, por solidaridad obrera.

Y ese golpe perfecto, limpio, sin violencia, sin armas… ¿Fue improvisado? Buena pregunta que, desgraciadamente, no podemos responder. Ni nosotros ni el tribunal que condenó a Dioni, que en la sentencia, reconoce desconocer –así lo dice textualmente– “muchos de los hechos que se produjeron en la tarde del 28 de julio de 1989 y en días posteriores, si el delito fue planificado cuidadosamente o relativamente improvisado, si Dionisio Rodríguez fue auxiliado por terceras personas en el traslado del importe sustraído…” Y así muchas otras incógnitas. El propio Dioni ha dado varias versiones sobre esto. En el juicio insistió en decir que todo se le ocurrió de repente, que vio la ocasión y lo decidió sobre la marcha. Pero él mismo contó otra versión un tiempo después…

Así es. En el libro ‘Palabra de Ladrón’ cuenta que el golpe fue muy bien planificado y preparado y que contó con la ayuda de siniestros personajes vinculados a la extrema derecha, incluso infiltrados en la banda terrorista ETA. Además, dice que varios policías le ayudaban a saber cómo iban las pesquisas sobre el robo… No sabemos qué parte hay de realidad y qué de fantasía en el libro, pero sí hay datos objetivos que demuestran que Dioni contó con la ayuda de, al menos, un pequeño grupo de personas. Entre ellos, uno de sus mejores amigos, el constructor Miguel Ángel Dueñas Martín, que incluso fue condenado en el juicio como encubridor.

Dos meses después del golpe del Dioni, la Policía encontró en poder de Dueñas 157 millones de pesetas –algo más de 900.000 euros–: 15 millones en un local de su empresa, dos en la guantera de su coche y 140 millones en un zulo que había construido en su casa el mes de mayo, es decir dos meses antes del robo. El dinero hallado en poder de Dueñas era la mitad de lo sustraído por Dioni.

Sus siguientes pasos son toda una incógnita, porque en su libro Dioni da una versión muy poco creíble. Lo que se sabe a ciencia cierta es que el vigilante –o alguno de sus cómplices– dejó aparcado su coche en el aeropuerto de Barajas, seguramente con la intención de despistar a la Policía y hacerles creer que había huido rápidamente de España. La investigación cree que Dioni pasó un par de semanas refugiado en España y que hacia el 15 de agosto cruzó la frontera con Portugal a través de Ayamonte. En Lisboa consiguió un pasaporte falso a nombre de Carlos Patricio Martínez Valenzuela, que supuestamente, según dijo en el juicio, le proporcionó un tal Celso Antonio Bravo Benavides, un tipo del que ni siquiera se sabe si existe.

Y desde Portugal, Dioni da el salto a su paraíso soñado, a su Shangrilá particular, Brasil…

Dioni, lo ha dicho muchas veces, tiene un ídolo, un modelo de vida, un referente… Julio Iglesias. Y quiso emular al cantante desde el día 1 de su llegada a Río de Janeiro, donde aterrizó “totalmente borracho”, según él, el 19 de agosto de 1989 en un vuelo de las aerolíneas Varig. Lo que sabemos de su estancia en Brasil lo sabemos por su testimonio. Extractamos algunos fragmentos de su libro…

“Era asombroso la gran cantidad de mujeres jóvenes y preciosas que había allí y la facilidad para llevárselas a la cama. A los pocos días, mi generosidad se hizo tan famosa que ellas esperaban impacientes su turno. Elegía el color de las limusinas que alquilaba según la piel de la brasileña que me acompañaba. Acabé cogiendo algo de vicio. Como al champán y las ostras por la mañana, contra la resaca, me habitué al biberón, es decir, a una felación dentro de la limusina. No renunciaba a nada, incluso me permití el lujo de que una orquesta italiana me tocara Oh sole mío en un restaurante”.

Tampoco sabemos, lógicamente, cuánto hay de verdad y cuánto de fabulación de los días de lujo y desenfreno brasileños de Dioni, claro.

La sentencia solo establece que allí, en apenas un mes, gastó unos diez millones de pesetas, es decir, 60.000 euros. La peor decisión que tomó Dioni fue recurrir a un cirujano plástico llamado Luis Haroldo Pereira: quería quitarse algo de barriga, arreglarse la nariz e injertarse pelo para decir adiós a los peluquines. Posiblemente, fue el cirujano quien avisó a la Policía de que había un español con demasiada prisa por querer cambiar su aspecto.

Además, Dioni cometió otro error de principiante: hizo volar a Río a un matrimonio y a una amiga suya, que le llevaron dinero, presuntamente procedente del robo. La pareja fue detenida y condenada a seis meses de prisión por receptación en el juicio en el que fue condenado el vigilante. Tras unos días en Igiazú, acompañado, como no, de Andrea, una chica contratada a través de una agencia de señoritas de compañía, la Policía brasileña detuvo a Dioni. En su poder tenía una carpeta llena de recortes de prensa sobre el robo del furgón. Era el 19 de septiembre de 1989. No habían pasado ni dos meses de su golpe.

Y Dioni pasó una buena temporada en prisiones brasileñas. Pasó diez meses encarcelado en Brasil, pendiente de ser extraditado a España. Las autoridades judiciales cariocas le condenaron por falsedad en documento, al haber empleado un pasaporte falso. El 26 de julio de 1990 –casi coincidiendo con el aniversario de su robo–, Dionisio Rodríguez Martín regresó a España. Unos reporteros de la revista Interviú le acompañaron en su viaje y a ellos les contó cómo a cambio de mil dólares dos policías federales le sacaron una noche de prisión para ir a una fiesta privada donde, claro, no faltaron las mujeres, las drogas y el alcohol.

Dioni esperó su juicio en prisión, ya en España. Y en el juicio, por si ya todo era poco esperpéntico, tuvo como abogado a Emilio Rodríguez Menéndez…

El abogado, que empezó pidiendo para su cliente una benévola pena de cuatro meses –frente a los seis años que solicitaba el fiscal–, acabó reclamando su absolución en una informa de conclusiones delirante, en el que dijo que la actuación de Dioni había sido admirable, que el pueblo español ya la había absuelto y que el 98 por 100 de los trabajadores españoles habrían hecho lo mismo que el vigilante.

El tribunal no hizo demasiado caso de esos argumentos, y de hecho en la sentencia dedicó un párrafo a rebatir la tesis del abogado del Dioni y habló de la actuación diaria de millares de vigilantes y otros empleados a cuya custodia queda confiado el dinero ajeno. La sentencia condenó al vigilante a tres años y cuatro meses de prisión por apropiación indebida. En el fallo se establecía que Dioni se llevó del furgón 298.217.000 pesetas y que la policía recuperó un total de 157.217.000 pesetas. De los 140 millones que faltan nada se supo. Dioni siempre mantuvo que se los entregó al tal Celso, ese personaje del que nada se sabe.

La sentencia se hizo pública el 31 de mayo de 1991. Dioni la recibió exultante, abrazándose con su compañera sentimental y su hija. Tras la lectura del fallo, sus compañeros del módulo 4 de la cárcel de Alcalá Meco le recibieron con un fuerte aplauso y le cantaron una samba brasileña. Como Dioni ya llevaba más de veinte meses en prisión cuando se hizo pública su sentencia, salió de prisión pocos días después del fallo.

Y desde su salida de la cárcel, esto es un ejemplo, Dionisio Rodríguez Martín, ya El Dioni para siempre, se dedicó a lo que siempre quiso ser: cantante…

Con no mucha fortuna ni talento, como se puede apreciar en esta canción, Ladrón de corazones, extraída del disco Todo sobre mi furgón, publicado en el año 2000. El Dioni llegó a dar conciertos en fiestas de pueblo, pero su principal actividad fue la de empresario de hostelería. Abrió un bar de copas en El Molar –el pueblo de sus padres– llamado La Cueva del Dioni. Después, abrió otro en Barajas, El Caco Dioni, y finalmente uno en Retiro, El Rincón del Dioni. Para promocionar este último, repartió fotocopias de billetes de 10.000 pesetas con su cara, lo que le causó algún problema, porque fue acusado de falsificación.

Llegó a ser condenado a cuatro años de prisión por la Audiencia de Málaga por un delito de tráfico de drogas, pero el Supremo le absolvió al considerar que las escuchas que iniciaron el proceso habían sido hechas sin autorización judicial. El Dioni también hizo sus pinitos en el cine porno de la mano de Torbe, estuvo en una edición del reality Supervivientes y ha aparecido en algún programa de temática friki. Hoy vive jubilado –tiene 68 años- en Moratalaz y dice que subsiste con una pensión de 750 euros.