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EL BLOG DE TERRITORIO NEGRO

Los asesinos de Alcásser, una herida abierta

Fue un triple crimen terrible que despertó a España del sueño de aquel año 92 entre Juegos Olímpicos y Exposición Universal. Tres chicas muy jóvenes: Miriam García, Desiré Hernández, las dos de 14 años, y Toñi Gómez, de 15, fueron secuestradas, torturadas, violadas y asesinadas por al menos dos delincuentes de su provincia, Miguel Ricart y Antonio Anglés. Uno de ellos está en prisión, el otro sigue siendo –20 años después– un fugitivo, no se sabe si muerto o vivo, y –si estuviera vivo– a punto de quedar impune. Contamos la crónica de aquella fuga, la última pista fiable sobre Anglés y qué ha sido de las familias de las víctimas y las de los asesinos.

Luis Rendueles y Manu Marlasca | Madrid | Actualizado el 28/10/2017 a las 13:05 horas

Bien, viajemos al horror de aquellos días en Alcásser, en Valencia, en España. Tres niñas llevan desaparecidas desde el 13 de noviembre de 1992. Y un delincuente peligroso, atracador de bancos y psicópata sexual llamado Antonio Anglés, no ha vuelto a la prisión tras un permiso de fin de semana. Parecen dos historias sin conexión.

El 27 de enero de 1993, un apicultor llamado Gabriel Aquino va con su consuegro a revisar unas colmenas en el monte de La Romana, cerca de Catadau. Al pasar junto a una fosa excavada allí, el hombre ve como del suelo sobresale lo que parece una mano de una persona. Avisa a la Guardia Civil. Son las tres niñas. En la inspección ocular se ven ya los signos de tortura en ellas y se encuentra, además de un casquillo de bala, los trozos de un volante de la Seguridad Social, que se reconstruyen y permiten leer una receta de un medicamento contra la sífilis que padece un tal Enrique Anglés Martins, vecino de Catarroja.

Y hasta la casa de ese Enrique Anglés en Catarroja, Valencia, llegan los guardias civiles. Allí está Enrique, el quinto de los nueve hijos de Neusa, una mujer que trabaja en el matadero de aves de Catarroja. Lo detienen, a él y a otro individuo que llega a la casa en ese momento con una bolsa de naranjas y que se llama Miguel Ricart. Los guardias civiles sabrán luego que Antonio Anglés usaba el nombre de su hermano Enrique, discapacitado, para conseguir pastillas. Pero a esa casa ya no va Antonio, o Rubén, como le llamaban.

Pero se ha dicho que se fugó saltando por la ventana de un cuarto piso… ¿Por qué no fue a su casa? Porque un político local filtró la noticia de que se habían encontrado los cadáveres de las niñas, 75 días después del secuestro, y anunció que los culpables iban a ser detenidos. Anglés, un perro callejero, decide entonces huir y no pasa por casa, aunque sabe que necesita comida y llama por teléfono.

Los guardias civiles, que están en ese momento registrando el piso, ordenan a los Anglés que dejen que salte el contestador automático. Y allí la voz de Anglés, la última vez que se oye, deja este mensaje: “Kelly (como llaman a su hermana Dolores), soy Rubén, si va el Rubio, le dices que coja el saco de dormir, los kellogs y la leche y que se vaya donde el plato y la maneta de la moto”.

Ahí Anglés ya está dando instrucciones a el Rubio, supongo que Miguel Ricart, para iniciar su fuga. Sabemos que luego Ricart confesó con todo detalle las torturas a las que fueron sometidas las niñas, con tenazas, con piedras dentro de camisetas, con cuchillos…

En la fosa se encuentra también un guante. Y en el interrogatorio tenso y digamos al límite de Ricart, además de enseñarle las fotos de los cadáveres de las tres niñas, un guardia civil le pregunta por el guante. Ricart dice que es suyo y comienza a hablar. Dice "yo no las maté, fue Antonio".

Y cuenta detalles inequívocos, como el uso de una tenaza en el cuerpo de una de las niñas, como una de ellas presenta una resistencia heroica, dice que Antonio tarda dos horas en someterla, como bajan a por bocadillos a un bar cercano para renovar fuerzas dejando a dos chicas medio muertas y a otra amordazada y atada a un poste de madera de la caseta. Insistimos en que fueron heroínas porque arañaron la pared de la caseta para tratar de escapar, se dejaron allí literalmente las uñas y las manos. También explicó Ricart como al regresar, retomaron las torturas y como, y eso está confirmado por la inspección ocular, acaban con ellas.

Las niñas, recuerda, fueron enterradas en una fosa que cavó antes Anglés. Ricart contó que cuando salen de la caseta lloran porque piensan que vuelven a su casa. Muy pronto, se dan cuenta de que no es así. Las obligan a punta de cuchillo y pistola a cruzar un camino de monte, entre piedras y matojos. Una de ellas está ya agonizando y se cae. La envuelven en una moqueta y la llevan. Como está oscuro, los asesinos cogen unas velas. Gotas de esa cera fueron recogidas luego por la Guardia Civil en ese trayecto de las niñas hacia la muerte.

Y este Ricart está preso y se le ha aplicado la doctrina Parot. Podía haber salido el año pasado, pero el Tribunal Supremo consideró que no se le debían conceder los beneficios de condena sobre los 30 años de cárcel (la máxima pena, como se hacía siempre) sino sobre el total de la condena, que en el caso de Ricart fue de 170 años. Saldrá en el año 2023 si nadie lo remedia. Y decimos nadie porque le podría beneficiar el final de ETA y los recursos contra esa doctrina que se están debatiendo y estimando ya en el Tribunal de Derechos Humanos de Estrasburgo.

Y sobre el otro asesino, Antonio Anglés. Las últimas personas que lo vieron fueron los marineros del barco City of Plymouth, al que Anglés se subió como polizón en Lisboa el 18 de marzo de 1993 tras robar un pasaporte falso a un yonqui llamado Carlos Joaquim Carvalho. Un marinero llamado Jo Hanneghan lo vio a las tres menos diez de la mañana del 23 de marzo en la cubierta del barco, que había pasado por Bilbao y se dirigía hacia el puerto de Dublín (Irlanda). Lo detuvo y lo llevó ante el contramaestre Jones, como consta en el sumario del caso Anglés.

Lo encerraron en un camarote y siguieron viaje. Anglés se escapó y saltó a un bote salvavidas, pero un helicóptero de la policía francesa lo vio dos horas después y ordenó su rescate y su reingreso al barco. Las leyes del mar ordenaban encerrar al polizón en otro camarote y llevarlo a puerto, en este caso Dublín. En el trayecto, el capitán del barco, llamado Kenneth Farguharsson, le interrogó y le preguntó hacia dónde iba: A México, le dijo Anglés en castellano. Dos días después, el 25 de marzo de 1993, el barco llegó a Dublín y, según los testimonios de los marineros, Anglés no estaba.

Y aquí es donde la policía cree que Anglés se ahogó al tratar de escapar de nuevo (o que incluso estos marineros le tiraron por la borda, hartos de él) y la Guardia Civil piensa que llegó vivo a tierra.

Cerca del muelle de Dublín se encontró un flotador del City of Plymouth. Scotland Yard colaboró con las investigaciones y cuatro días después tomó declaración a la cajera de un supermercado de Dublín que reconoció la fotografía de Anglés, aseguró que le había vendido latas de sardinas y que el hombre no sabía inglés y contestaba con gruñidos.

Y desde ese día, nadie ve a Anglés o nadie sabe más de él. Hay un testimonio, el único fiable para la Guardia Civil. Un cubano emigrante en Miami llamado Luis Ramón, vino a Cantabria con su esposa española en julio de 1994. Llegó por avión al aeropuerto de Cantabria y vio los carteles con la cara de Antonio Anglés. Se dio cuenta de que lo conocía y acudió a un cuartel de la Guardia Civil.

Reconoció la imagen de Anglés como un tipo que se le acercó en febrero de 1994 en una zona de trapicheo de drogas en Miami al ver que llevaba una bandera española en su coche. Le dio cierta lástima y tomó varios cafés con él, incluso le ofreció dinero para volver a España, pero el supuesto Anglés le dijo que no podía volver nunca y tampoco podía acudir a la embajada española en busca de ayuda. Le anunció que iba a irse a México o Brasil (la madre de Anglés es brasileña). La Guardia Civil pasó estos datos a la DEA, la policía antidroga de Estados Unidos, que hizo un informe rutinario y no encontró al misterioso español.

Y desde entonces, nada. O nada serio. No hay novedades. La última intentona la hicieron agentes de policía que visitaron hace un par de años a Miguel Ricart en prisión, pero no consiguieron nada. La pasada semana lo comentabais en el gabinete, se cumplieron veinte años de los crímenes y todo indica que el gobierno ya ha retirado la recompensa oficial de 300.000 euros que ofrecía por una pista para detener a Anglés o encontrar su cadáver.

O sea, que si Anglés regresa, quizá no pueda acusársele de nada.  Muy posiblemente, si lo hiciera a partir de marzo, cuando se cumplen 20 años de su fuga y de su orden internacional de detención, no. Y suponemos que un tipo tan desalmado como Anglés se llevaría bastantes más sorpresas si viera cómo han ido las cosas a su familia y a las de sus víctimas, veinte años después, toda una vida, más que la que vivieron sus víctimas, desde luego.

Además de sus crímenes, Anglés dejó atrás cuando huyó a su madre, a la que por cierto maltrataba con frecuencia, y a ocho hermanos, uno de ellos, que entonces tenía 14 años, Mauricio, fue investigado por la Guardia Civil.

Todos se quitaron el apellido Anglés de sus nombres. Pero, increíblemente y digo increíblemente porque eran una familia muy muy desestructurada, no les ha ido del todo mal. Ya en 1988, cuatro años antes de los crímenes de Antonio, los Servicios Sociales de Catarroja hacían un informe demoledor sobre ellos: varios tenían graves problemas mentales, como Ricardo -ya fallecido-, Juan Luis (esquizofrénico) y Enrique –con cierto retraso mental, en ocasiones se freía y comía sus propios excrementos–. Roberto pasó temporadas en prisión y el Mauri fue durante mucho tiempo sospechoso de haber encubierto a su hermano.

Un crío de 14 años fue investigado entonces.  El Mauri era el ojito derecho de su hermano Antonio, doce años mayor que él. Y ocho días antes de los crímenes, atracaron, con su inseparable Miguel Ricart, un banco en Buñol. Ricart llegó a acusarle, también habló de la hermana, Kelly, pero creemos que fue para chantajear a la familia Anglés y sacarles dinero. Mauri conocía la caseta de La Romana, donde las chicas fueron torturadas, y durante el juicio admitió dos cosas relevantes: que Antonio dijo que un día iba a secuestrar a tres chicas que hicieran autostop y que fue él, con 14 años, quien compró la pistola de los crímenes, por la que pagó 7.000 pesetas de entonces a un joven heroinómano.

Mauricio tuvo algunos problemas menores con la justicia, pero hoy regenta una pizzería y a juzgar por las fotos de su cuenta de Facebook, es un tipo relativamente integrado y feliz, contra casi todos los pronósticos.

Aquella hermana que quería ser actriz o artista, viajó a California, donde acudió a un espectáculo de Pamela Anderson, su ídolo. Y se puso el nombre artístico de Kelly Faces. En febrero de este año, y con ese nombre, se sometió a un duro interrogatorio, el de Risto Mejide en el programa Tú sí que vales, de Tele 5.

La madre Neusa Martins es ya una mujer de 72 años, que cobra una pensión de casi 1.500 euros al mes (sumando, suponemos, la suya, la de viudedad y  la que recibe por su hijo discapacitado Enrique, que vive con ella). La mujer admite que ingresa unos 2.000 euros al mes y sigue acudiendo al matadero de aves donde trabajó durante casi 40 años. Se lleva pollos y los reparte entre familia, amigos y conocidos. Pero Neusa ha progresado bastante, también contra pronóstico.

Gracias a las ayudas legales que recibe del estado, que nadie vea aquí indicios de conspiraciones. Ya no vive en aquel piso de Catarroja, sino en un coqueto chalet de tres plantas en la localidad de Albal, muy cerca de allí. La mujer asegura que paga tres hipotecas y, en efecto, tiene a su nombre en el registro de la propiedad varias casas y fincas.

Y ahora vamos a ver qué tal les ha ido a las familias de las víctimas en estos 20 años. Y comprobaremos que les ha ido bastante peor. Todos tenemos en la memoria a uno de los padres de las tres niñas, Fernando García, el padre de Miriam.

Es quizá el mayor ejemplo de un juguete roto. Fue el personaje más buscado por todos los medios de comunicación y algunos acabaron utilizándolo y animándolo en su teoría de la conspiración.

Nosotros lo conocimos poco después de la tragedia de su hija Miriam y nos pareció un hombre destrozado pero honrado. A su alrededor fueron anidando buitres que lo exprimieron a fondo y Fernando García –su mujer falleció– acabó siendo condenado por la justicia a pagar cantidades millonarias (más de 200.000 euros) por injuriar al fiscal encargado de la investigación, Enrique Beltrán, y a varios guardias civiles. Cantidades que, por cierto, tuvo que pagar en buena medida la televisión autonómica valenciana, Canal 9, ahora arruinada.

Ese hombre, Fernando García, montó una fundación, y dedicó toda su vida a lo que el creía que era la búsqueda de la verdad.  La fundación acabó mal, mucho dinero se perdió allí. Nosotros también estuvimos allí con él y nos explicó su teoría de las snuff movies grabadas por hombres muy poderosos con niñas, entre ellas sus hijas. Recuerdo que tenía un mapa de España y recortes de niñas desaparecidas por todo el país, para él todas habían sido secuestradas por la misma red. Le dijimos que algunos de esos casos se habían resuelto, que uno de los asesinos era el novio de la chica... Era inútil. Estaba convencido. Y se fue quedando solo también por algunas actitudes incomprensibles.

La más grave fue que su abogado aseguró en el juicio que Miguel Ricart era inocente de los crímenes. Ricart, recordemos, que los confesó, que llegó a decir que se acostó con una de las niñas porque ella había querido y que lo habían pasado bien. Ricart, que estaba casado y tenía una hija, puso como coartada primero que estaba con su esposa, que lo desmintió, y luego con otro delincuente, que también lo negó.

Fíjense, el padre de una niña que fue torturada hasta la muerte y que defiende a uno de los asesinos confesos, jaleado en ese proceso por varios periodistas y tertulianos. Luego Fernando García puso una empresa de colchones y trabó cierta relación con la familia de Anglés... La madre de Desi –también quedó viuda– nunca compartió esas aventuras y logró que se condenara al Estado (no olvidemos que Anglés era un preso al que le dieron un permiso de salida), los padres de Toñi, que hoy son abuelos y viven jubilados y felices con sus nietos, también se fueron alejando de él.