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EN JULIA EN LA ONDA

Territorio Negro: Agresión sexual en el cuartel

Un pequeño cuartel del Ejército del Aire en Antequera (Málaga) es el escenario de la historia que traemos hoy a Territorio Negro. Una historia llena aún de dudas, tantas como las que tuvo una joven soldado al amanecer una mañana y darse cuenta de que no recordaba nada de lo sucedido la noche anterior. Poco a poco, reconstruyendo sus recuerdos, la mujer se dio cuenta de que pudo haber sido víctima de una agresión sexual, después de que alguien le echase algo en su bebida. Es lo que se conoce como sumisión química, una poderosa arma para los delincuentes de todo tipo que deja en una especial situación de vulnerabilidad a las víctimas porque, sencillamente, son incapaces de recordar nada. Lo que pasó esa en ese cuartel tras esa noche de fiesta aún está por ver, pero hay pistas que llevan a pensar en lo peor.

Luis Rendueles y Manu Marlasca |  Madrid |  Actualizado el 13/02/2018 a las 17:27 horas

Lo primero, presentemos a la protagonista de esta historia, la soldado X, la llamaremos, para preservar su nombre. Es una mujer de 35 años nacida en Málaga, soldado profesional, destinada en la Policía Aérea del ejército español. Lleva ocho años en el acuartelamiento de Bobadilla, en Antequera (Málaga), una pequeña base logística destinada a la recepción, el almacenamiento y la distribución de material. La soldado X presta servicio en la Policía Aérea, la unidad encargada de la seguridad en cualquier instalación del Ejército del Aire.

Y el Ejército del Aire celebra cada 10 de diciembre el día de su patrona, la Virgen de Loreto. Y este pasado 10 de diciembre de 2017, los hombres y mujeres de esa base de Base de Bobadilla salieron a tomar algo… Entre ellos está la soldado X.

La fiesta comenzó en la propia base, con los actos castrenses y religiosos propios de la festividad. Pero a eso de las 16 horas, varios de los soldados de la base se van al pub Gabana, en Bobadilla Estación, “para continuar la fiesta y tapear algo”, según dijo textualmente la soldado en su primera denuncia a la Policía.

Hay una primera denuncia, que llega el 12 de diciembre, menos de 48 horas después de esa fiesta. En esa denuncia, la soldado X cuenta que en el pub bebió dos copas y unas cuantas cervezas, sin precisar el número, aunque sí recuerda que alguna cerveza tenía un sabor especialmente amargo. La soldado dice que a la una de la mañana regresó al cuartel y que “debido a lo perjudicada que iba” –así lo dice–, un cabo amigo suyo le acompaña hasta la habitación de una compañera que no dormía allí aquella noche, le ayuda a ponerse el pijama y la acuesta. La mujer relata a los agentes de la comisaría de Antequera que eso lo sabe porque se lo ha contado el cabo, ya que “no recuerda nada desde doce horas antes”.

La soldado cuenta que a la mañana siguiente tenía un fuerte dolor de cabeza y que habló con otra soldado y el cabo que la acostó. Los dos le dicen que la noche anterior estuvo muy rara y le sugieren que quizás la hayan drogado sin que se diese cuenta. El cabo le facilita un test de detección que tenía guardado desde hace años –de hecho, estaba caducado– y da positivo en barbitúricos. Tras el test, le cuenta lo sucedido a sus superiores, que le dicen que debe denunciar lo ocurrido.

Y así lo hace, aunque en esa denuncia la mujer no habla de agresión sexual en ningún momento. De hecho, aclara que no presenta en su cuerpo ninguna señal de abusos o signos de violencia. Pese a ello, la policía le pide la ropa que llevaba puesta esa noche: dos camisetas interiores, leggins, medias, un vestido, sujetador y bragas. Todo ello es enviado al laboratorio, en busca de algún rastro de agresión sexual.

Y aparte de enviar esas prendas al laboratorio, ¿qué hace la policía para aclarar lo ocurrido esa noche, para llenar las lagunas de la soldado X?

Citan a declarar al cabo que la acompañó hasta la habitación, ese que le ayudó a ponerse el pijama. El militar aporta detalles muy importantes, como que en un momento de la noche, vio a su amiga rodeada de superiores y en actitud extraña. Ella le dice: “es que me han sobado todos”. Él le recrimina que por qué se deja y ella le contesta: “y qué voy a hacer, si son mis jefes”. El cabo dice que, pese a ello, la soldado siguió tomando más cervezas y que a la una de la mañana, la lleva en su coche al cuartel y la acompaña hasta la habitación de una compañera. El cabo describe muy bien cómo estaba su amiga en ese momento: “la iba agarrando, ya que aunque hablaba con sentido pero muy despacio, no coordinaba los movimientos y temía que pudiese caerse al suelo.”

Ese testigo pinta ya un cuadro algo más preciso de lo ocurrido en ese pub. Aunque se le pide una muestra de ADN, es descartado desde el primer momento, ya que es quien ofrece a la soldado el kit de detección de drogas y, además, aclara ante la policía que nunca ha mantenido relaciones sexuales con la soldado X, que solo son amigos. El cabo, eso sí, vuelve cuatro días después a la comisaría para matizar que, aunque en un primer momento dijo que vio a su amiga rodeada de jefes, no puede recordar con precisión quienes la rodeaban.

La noche sigue rodeada de lagunas, pero el día 22, la soldado X regresa a la comisaría y las cosas cambian… y de qué manera.

Vuelve y comienza a dar muchos más detalles. Dice que en un momento de la noche, un sargento primero le comenzó a acariciar la pierna, mientras otro –que no recuerda quién fue– le tocaba la parte posterior del muslo y otros dos, que tampoco recuerda, le decían al oído: “es que no veas cómo vienes”. La soldado señala a la policía que son recuerdos confusos, porque piensa que ya debía estar drogada e insiste en que una cerveza que se bebió sobre las once de la noche le supo especialmente amarga y que le dijo a su amigo el cabo que se había sentido “como un cacho de carne”. La soldado X le cuenta también a la policía que tiene un compañero que siempre está intentando ligar con ella y que en varias ocasiones le ha dicho que la tendría que drogar para mantener relaciones sexuales con ella.

En esa segunda visita a comisaría, la soldado X entrega a los agentes un folio, la copia de la declaración que ha entregado al jefe de su acuartelamiento, que desvela varios detalles más y que revela que la misma soldado fue víctima de otra agresión sexual meses atrás.

Vamos por partes. A su superior, la soldado X le cuenta que en el bar tuvo ganas de llorar, que la tocaron y le dijeron groserías y que a las cinco de la tarde del día siguiente a la fiesta se encontró con el soldado que siempre intenta ligar con ella. Él le insinuó que se había pasado con las copas y ella le dijo que no había bebido tanto y que, además, se había hecho un test de drogas y le había dado positivo. Y la soldado X escribe textualmente a su jefe: “Él le quitó importancia y me dijo que la próxima vez vigilara mi vaso. Ahí me vino a la cabeza sus repetidas bromas durante las guardias, diciéndome que algún día me tendría que drogar para aprovecharse de mí”.

Y en el último párrafo, la soldado añade: “En algunas otras ocasiones he estado en situaciones de acoso sexual por parte de algunos compañeros y, concretamente en una de ellas, hubo abuso sexual por parte de un soldado”.

Y la policía, lógicamente, le pregunta por ese episodio. Y atentos a los detalles que da la soldado X. Cuenta que en septiembre, uno de sus compañeros la cogió por el pasillo, le empujó hacia la habitación y comenzó a besarla, lo que no le desagradó, así que continuaron besándose. El soldado quería seguir, pero ella no y así se lo hizo saber varias veces. Aprovechó la llegada de otro compañero para zafarse momentáneamente, pero el soldado insistió, siguió tocándola e intentó penetrarla analmente cuando ella le dijo que tenía el periodo. No lo consiguió y la recriminó por haber manchado de sangre la cama y el suelo.

Este episodio es terrible, pero ocurrió en septiembre y la soldado X lo cuenta en diciembre. Ella le dijo a la policía que no lo contó porque le daba vergüenza y por lo que pudiesen pensar el resto de sus compañeros. Incluso le pidió a su presunto agresor que no contase nada a nadie, que no quería dañar su reputación, que era vergonzoso para ella. En esta segunda visita a comisaría, la mujer dice que se va a someter a una sesión de hipnosis por consejo de un psicólogo para tratar de reconstruir lo sucedido la noche de la fiesta de la patrona.

Así que la policía ya no investiga una, sino dos agresiones sexuales. Lo primero que hicieron los agentes fue citar al autor de la presunta agresión de septiembre. Le detuvieron y le pusieron en libertad, tras negarse a declarar. La semana pasada, dos soldados mantuvieron un careo en torno a estos hechos, que van a ser muy difíciles de aclarar, porque no hay una sola prueba que avale la versión de la soldado X. En la segunda agresión, la que se produjo tras la fiesta de la patrona, la ciencia sí echó una mano a la policía, porque en unas medias que entregó la soldado, el laboratorio encontró restos de semen.

Ese hallazgo, lógicamente, es una pieza importante para armar el puzzle. La soldado no recuerda nada de lo ocurrido al llegar al cuartel, pero en las medias que llevaba esa noche hay semen. Está claro que algo ocurrió.

Por eso, la policía pidió muestras de ADN a todas las personas que estaban en el acuartelamiento de Bobadilla la noche del 10 de diciembre y la mañana siguiente. Ese ADN se va a cotejar con el semen encontrado en las medias, pero aún no hay resultados. Además, cabellos de la víctima fueron enviados a un laboratorio para detectar qué sustancia pudo tomar el 10 de diciembre que le anulase la voluntad. El problema de las violaciones mediante sumisión química es que las drogas que se emplean para ello –desde escopolamina, la famosa burundanga, a tranquilizantes o barbitúricos–, tardan muy poco tiempo en metabolizarse, en eliminarse. Aunque en el cabelló sí se puede detectar su consumo durante más tiempo.

Además, la policía pidió las imágenes de las cámaras de seguridad del cuartel, para comprobar quiénes y a qué hora llegaron a la base. Y lo más importante, tomaron declaración a quince personas que estuvieron en el pub donde la soldado X pudo haber sido drogada, y que pasaron la noche en el acuartelamiento de Bobadilla.

Sobre lo ocurrido en el pub, todos niegan que la soldado X fuese víctima allí de tocamientos o vejaciones. Algunos de ellos, especialmente sus compañeras, sí que refieren que en algún momento de la noche notaron a la soldado X algo incómoda al verse rodeada por varios hombres. Respecto a lo ocurrido en el cuartel sí hay dos testimonios bastante inquietantes y reveladores, que proceden de dos mujeres soldado que estaban la noche de los hechos en el cuartel.

Atentos, porque sí son bastante reveladores… Imaginen un cuartel, de madrugada, en completo silencio, hasta que se oyen unos aullidos…

Así definen dos mujeres lo que se escuchó esa noche. Una de ellas dijo textualmente: “escuché a dos hombres en el silencio de la noche, aullando como gatos en celo, uno aullaba y el otro le contestaba, uno se calla y continúa el otro aullando mientras rasgaba una puerta, ya que sonaba a madera”. Esta soldado dice que atribuyó esos aullidos a la bebida y al cachondeo. Otra soldado escuchó esos mismos aullidos al llegar al cuartel con otro compañero. Dijo incluso que vio a un militar del acuartelamiento salir del baño emitiendo aullidos, “como en plan de coña” –así lo dice ella–, y que el compañero que iba con ella lo emuló “de cachondeo”. Ella les pidió que se callasen porque había gente durmiendo.

En cambio, el soldado que la acompañaba por el pasillo, al que también interrogó la policía, negó haberse encontrado con un tercero –el que salía del baño, según su compañera– ni haber escuchado sonido alguno. Y un dato inquietante: uno de los soldados que aullaba, el que se encontró esta soldado saliendo del baño, es el mismo que protagonizó la presunta agresión sexual del mes de septiembre a la soldado X.

Se preguntarán todos ustedes si alguna vez se podrá aclarar lo ocurrido en ese cuartel esa noche de aullidos… Porque parece complicado. Sí parece complicado, porque las declaraciones no están ayudando mucho, aunque esa mancha de semen sí va a ayudar a identificar a alguien. El principal problema es esa enorme laguna que la soldado X tiene sobre lo ocurrido, algo muy común en las víctimas de sumisión química. De hecho, la mujer va recordando poco a poco, porque cuando ya se había tomado declaración a todos sus compañeros, el pasado 16 de enero, la soldado X regresó a comisaría para ampliar su testimonio, porque, según dijo, iba recordando poco a poco lo que le pasó la madrugada del 11 de enero. En apenas dos párrafos que leemos textualmente le dijo a la policía qué recuerdos eran esos:

“Tengo vagos recuerdos, como la luz de la habitación encendida, un hombre de tez morena me movía mientras me cogía del brazo y me decía cosas. Recuerdo a otro hombre, con la respiración muy profunda, notaba el contacto en mi costado izquierdo y en la cara, me resultaba muy desagradable. Creo que esta segunda persona era más grande que la anterior”. La soldado X además habla en esta tercera visita a comisaría de un moratón en el pecho izquierdo y la inflamación de su labio superior, unas señales que coinciden con lo que le contó a una de sus compañeras la mañana siguiente a los hechos.